Verano en Norteamérica VII

 In Jorge Valencia Munguía

Jorge Valencia*

Por fin se acabó el Mundial. Ganó la selección que mejor jugó al futbol. España sólo recibió un gol en contra durante todo el torneo y, en enfrentamientos a vida o muerte, echó a equipos aparentemente más poderosos: Portugal y Francia.
En el partido final, la tres veces campeona mundial y defensora del título, Argentina, no remató un sólo tiro al arco español. Jugando con diez detrás del balón y Messi solo en el espacio, España tardó 106 minutos en meter el gol del triunfo, luego de un acoso absoluto, sólo interrumpido por las faltas que el oficio de los argentinos perpetraron como sistema. Nunca un equipo en una final de Copa del Mundo había sido tan avasallador como lo fue el ibérico.
Messi se despide de los Mundiales entre lágrimas, con una derrota contundente. El equipo español promete un futuro dorado con un equipo integrado por dos jugadores titulares de 19 años.
El presidente de los Estados Unidos apareció en el protocolo como si se tratara de alguien significativo, flanqueado por el jefe de la FIFA, que sabe bien de relaciones públicas y de negocios.
En la ceremonia de premiación, nuestra presidenta Scheinbaum lució un poco azorada, en medio de sus iguales de Estados Unidos y Canadá. También estuvo el rey de España. Sólo el futbol es capaz de provocar una reunión cumbre con jefes de Estado y de la FIFA fingiendo que el futbol “unites the world”, como anunció su eslogan.
Durante 40 días, el mundo fue testigo de una competencia en la que 48 selecciones participaron, pero exclusivamente 8 podrían llevarse la Copa del Mundo: los países con la mejor infraestructura, por lo tanto, más dinero. Con la excepción de Argentina y Uruguay (la última vez que los charrúas ganaron fue hace 76 años), cuya participación consiste en la proveeduría de jugadores a las mejores ligas: Inglaterra, España, Alemania, Italia, Francia y Brasil. Se trata de una competencia democrática en la que el ganador pertenece al club de los más poderosos. La siembra de los grupos que compiten siempre está equilibrada para que éstos se enfrenten entre sí, no antes de las instancias decisivas.
Para destacar entre los cuatro mejores del mundo, México tendría que aportar un mayor número de jugadores a las mejores ligas, de manera que la competencia fuera más igualitaria en calidad técnica y estatus deportivo. Y, en segundo lugar, estructurar la liga de manera que los jugadores y los equipos estén a la altura de la élite competitiva. Tal vez como Estados Unidos. Pero esto obliga a una inversión a largo plazo mejor diseñada y con resultados programados que los inversionistas no han sido capaces de priorizar. Nuestra selección pertenece a la segunda división de la Liga de las Naciones. Mientras no exista un plan para aspirar a los mejores 8 (exportación de jugadores, rediseño de las fuerzas básicas, competencia de mayor calidad, actualización de estadios, equipos, sistema de mercadeo…), sólo a través de un milagro podremos llegar a una semifinal de la Copa del Mundo. Los resultados de la selección mexicana no están a la altura de las expectativas de sus aficionados. Merecemos mejor suerte.

*Director académico del Colegio SuBiré. jvalencia@subire.mx

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