Verano en Norteamérica V

 In Jorge Valencia Munguía

Jorge Valencia*

La afición mexicana una vez más padeció la desilusión. La frase “¿y si sí?” había abierto expectativas, probablemente sobradas, enardecidas por la penetración de las redes sociales, ante el destino de la selección de futbol en la Copa del Mundo. El juego de dieciseisavos, retrasado por tormenta eléctrica, demostró que el futbol es un deporte que depende del dinero. Los ingleses cuestan más que los nuestros: 1,360 millones de euros (tanto como el presupuesto anual de un país pequeño).
Si las selecciones nacionales asumen la identidad de los países que representan, la nuestra demostró ímpetu, esfuerzo, calidad (con límite) que caracterizan a nuestra idiosincrasia. Somos un pueblo disciplinado, pero rebelde; solidario, pero inconstante; dedicado, pero no siempre impecable.
Nuestro equipo cometió tres errores que le costaron tres goles. No hicieron un partido perfecto, pero lucharon con el corazón. El corazón alcanza para conectar con la afición, pero casi nunca para ganar.
En el medio tiempo, Maná cantó El Rey. Para entonces, el público ya tenía la desconfianza suficiente para no cantar con el triunfalismo que se esperaba. Inglaterra llegó tres veces y esperó atrás de su medio campo. Perdió un jugador, expulsado en el segundo tiempo. Nuestra selección llegó a balonazos sin tino, como en una cascarita donde el obligado estaba condenado a perder. Nadie puede reclamar la enjundia. El papel de víctimas nos favorece.
No somos un pueblo acostumbrado a ganar. Nos contentamos con triunfos menores: pasar la primera fase, ganarle a Ecuador… Tener una afición entregada. La euforia costó la vida de cuatro: murieron festejando una victoria inútil.
Con excepción de Argentina, los campeonatos los ganan los países con ligas económicamente poderosas. Argentina es rara avis, pero su poder emana de exportar jugadores a esas ligas y tener una camada de gran calidad. En esto, Brasil no pasa por su mejor época: le faltan cracks y le sobra historia. Si no tuvieran los blasones de los que se ufanan, tal vez jugarían mejor.
Necesitados de argumentos que justifiquen el orgullo nacional, los mexicanos otra vez demostramos que somos un pueblo con más pasión que calidad. Tenemos una fe que sobrepasa la evidencia de la realidad. Nuestra desilusión se origina en la creencia sin sustento. La expresión “¿y si sí?” lo resume: no es una afirmación, sino una duda más o menos razonable que terminó abatida con la contundencia inglesa.
Nuevamente, la desesperanza por un equipo que nos enorgullezca tendrá que esperar otros cuatro años. Llegado el momento, volveremos a creer en el equipo “como en el vértice de un juramento”, escribió López Velarde. Ese juramento garantiza el esfuerzo, no el resultado.

*Director académico del Colegio SuBiré. jvalencia@subire.mx

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