Luna II

 en Jorge Valencia Munguía

Jorge Valencia*

La luna es a la noche lo que los peces al río: condición, complemento, continuidad del ser. Una noche sin luna es una noche insuficiente, vacua, vulgar. Su presencia soberana prestigia la noche, le infunde un esplendor merecido y majestuso.
Hay mayor precisión en los ciclos lunares que en los recorridos del sol. Los antiguos planearon sus calendarios bajo esa certeza y pudieron predecir eclipses y eventos astronómicos con una anticipación milenaria. Bajo el amparo de su fulgor practicaron los más crueles rituales que sólo les alcanzaron para llegar intactos al siglo XVI.
En nuestra cultura, la luna es invitada puntual, misteriosa y admirable. Predispone al amor y la ensoñación, como atestiguan los manantiales emocionales que riegan los grifos de casi todos los poetas.
Para los escritores románticos, ambientó el misterio y el horror. La criatura del Dr. Frankenstein y Drácula son posibles gracias a su luminosidad escalofriante. Sin ella, el Conde de Transilvania sería un criminal del fuero común.
García Lorca vislumbró una luna cruel, con “su polisón de nardos”, premonitoria de la fatalidad. Luna sensual, auspiciadora de la muerte bajo el arribo gitano.

En el aire conmovido
mueve la luna sus brazos
y enseña, lúbrica y pura,
sus senos de duro estaño.

Los cantores de boleros la imaginan alcahueta, protectora de su pasión febril: “luna que velas su ventana, no sé si enamorada también ella está”… Celestina pueril, luna hecha para el voyerismo y el arrullo melifluo.
1969 violó su mácula. Los astronautas que la transitaron la demostraron mustia y silenciosa, con una gravedad autónoma que no justificó del todo su expectación. Hasta hay quienes afirman que se trata de una recreación falsa, producida en estudio. Lo cierto es que perdió el interés de los conquistadores espaciales, como una mujer con la belleza minimizable gracias a sobredosis de rutina. La luna se convirtió en un astro visitable y plebeyo.
Puntual e inconsciente, la luna vuelve cada veintiocho días con indiferencia milenaria. Cubre con su nata argentina la podredumbre de las azoteas. Los gatos la increpan con maullidos genitales que recrean el origen de la vida y la decadencia de la humanidad. Entre felinos y fámulas, la luna se cuelga de los tendederos urbanos a orearse la polilla y disponer sus hechizos.
“Se puede tomar a cucharadas”, dice Sabines. Receta de demiurgos y cartomancianos, aún goza de fama y azor. Bajo su tutela se cometen fechorías y se consuman pasiones. Fomenta la consulta del futuro y la versificación de las angustias. Entre sus abandonos y regresos, ocurre la existencia y la agitación marina. Crecen las plantas y proliferan las personas, en un ciclo matemático que permite el entusiasmo y la desdicha. Lunáticos sin tregua, profesamos una fe periódica. Un asombro inefable, condicionado a su albor. Somos terrícolas nostálgicos que esperan la vuelta a su fulgencia, que es nuestro verdadero hogar.

*Director académico del Colegio SuBiré. jvalenci@subire.mx

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