Los valores de la educación

 In Miguel Bazdresch Parada

Miguel Bazdresch Parada*

Estar, ser, comportarse de modo educado es, siempre o casi, una situación favorable para la persona capaz de mostrar con sus actos esa capacidad o característica. En el mundo de los seres humanos, comportarse de modo educado es un valor y una causa de respeto y, a ratos, hasta de admiración.
Por eso la educación se considera un valor, no obstante críticas o reservas intelectuales o emocionales. De ahí el interés de reconocer los valores de la educación y de las personas cuyo comportamiento y sus obras y pensamientos revelan las características propias de una persona educada.
Existen al menos cuatro clases de valores de la educación. Vale la pena intentar una caracterización sencilla de los mismos. En primer lugar, está el valor de la información. Si a usted lo invitan a cenar a un lugar llamado, por ejemplo, “Excelsior”, y ya tiene información de las características del lugar, puede tomar una decisión informada, según su aceptación y gusto de esas características. En cambio, si su reacción a la invitación es: “¿Ex… qué?”, pues su decisión en todo caso será desde la ignorancia y las consecuencias desconocidas. El valor “información” se puede adquirir de los datos escuchados en conversaciones o pláticas con amigos y conocidos, con la lectura de los periódicos, de libros, de programas y publicidad de la televisión y la radio… Ahora, si le preguntan: “¿Te gustaría trabajar en Bayer?” Probablemente pueda responder “sí desde ya”. El dato “Bayer” lo escuchó como ejemplo de gran industria farmacéutica en la escuela o en una conversación profesional y recuerda los pros y los contras de emplearse en esa firma. Lo mismo si se trata de buscar empleo, pues será de gran valor los variados detalles a cuidar en la elaboración de un currículum convincente, y para prepararse a una o varias entrevistas. Se preparará muy bien, con los datos buscados por usted en cualquier chat, y con la información escuchada y trabajada en la escuela, en los ejercicios para determinar las empresas con valores más atractivos y las empresas con valores menos buscados por los trabajadores.
En segundo lugar, está el valor de la organización. Este valor se refiere a la organización de la información y del conocimiento. Este valor nos cuesta trabajo en la primaria. Cuando nos enseñan los números, nos dan una tablita con los números ordenados por su actual representación gráfica. 1, 2, 3… Nos piden decirlos en voz alta y repetirlos de memoria… Es muy común que los profesores usen números para recordar a los estudiantes: Usted es el 1, (el siguiente) es el 2, y así, hasta el último de la fila. A la vez, el maestro nos enseña cómo los números no sólo “numeran” a un grupo, sino que también nos dice cuántos niños están en el salón. Así aprendemos orden y cantidad, y cómo usar los números para manejar esas dos cualidades. Así, las figuras geométricas, las capitales de los países del mundo, la cantidad de habitantes, las características de una planta, de un árbol, las virtudes de una sustancia… es decir, si quiere saber cantidades, o quiere ordenar las cosas, o reordenar las cualidades, ya sabrá cómo hacerlo. Segundo valor educativo
Tercer valor. Lo que no se ve… y afecta. El valor de la imaginación. Puede resultarle extraño a más de un lector considerar un valor a la imaginación, pues siempre se ha dicho que es un escape de la realidad. Por ejemplo, la madre le dice al hijo adolescente: Fulano, “deja de soñar con pajaritos preñados”, al verlo con mirada fija en la lejanía. Sin embargo, la imaginación es un excelente valor cuando está educada y se sabe cómo utilizarla. ¿Qué otra cosa será la ayuda a un arquitecto, cuando está observando el terreno donde le han pedido construir una edificación? En ese momento sólo existen el aire y la tierra. El arquitecto educado con el valor de la imaginación puede con facilidad iniciar un diálogo con ese lugar para definir qué es congruente, cómo construirlo, cuál fachada, cuántos pisos… etcétera. Si no hubiera aprendido el valor de la imaginación, sería un profesional sin un valor clave.
Imaginar es reprimido por los padres y madres cuando las y los adolescentes “pierden” su mirada y, en silencio, mente y cerebro entran en ebullición y así convertir el patio que ven en una fiesta o en un lugar de descanso o en una selva capaz de guardar fieras increíbles. Casi habría que aprobar la idea de una vez en el día toda la familia reunida ejercita la imaginación, en silencio. Y luego comentan en grupo los sentimientos asociados a su imaginación.
Imaginar en la escuela es clave para la relación maestro/estudiante, pues una lección de historia, por ejemplo, puede comunicarse en clave educativa, si a los datos fríos se les añade el bullicio de las imágenes de esa batalla en ese campo y con esos movimientos y disparos. De ahí el profesor puede tratar una lección de matemáticas, por ejemplo, la solución de una ecuación cuadrática, con la base de un edificio imaginario de tres frentes. Sin educación no hay capacidad imaginativa para resolver problemas complejos, del estudio, otros personales y familiares.
Cuarto valor: Pensamiento crítico. Sin los tres anteriores, este valor sufre un poco, pues es un valor enojoso para quien lo utiliza. Este valor pide cambiar las frases demandantes del profesor a un estudiante acalambrado enfrente del pizarrón sin saber qué debe hacer para resolver el problema planteado por el profesor. Lo común en esos casos es que el estudiante escuche la demanda: ¿qué sigue ahora? Lo cual incrementa la parálisis del estudiante. La escena, repetida, se acaba con un casi grito magisterial: “Siéntate. Estudia”. Si aplicara el valor del pensamiento crítico, el profesor le diría: “Piensa. Recuerda el objetivo. Fíjate en qué paso vas”. Si el estudiante se calma (y el profesor le puede ayudar), puede mirar cómo empezó el proceso de solución y darse cuenta de qué hizo desde el primer paso: empezó de manera equivocada… y no se dio cuenta. No pensó. Se estaba “acordando” de cómo le hizo el profesor. Evitó pensar y pensar críticamente respecto de sus acciones.
El valor del pensamiento crítico se muestra con claridad cuando se estudia un asunto en el cual aparecen varios momentos de decisiones de los protagonistas: Las decisiones son fácilmente cuestionables con preguntas críticas.
Información, organización, imaginación, pensamiento crítico: cuatro grandes e importantes valores a cultivar en la actividad educativa, todos los días, en todas las actividades. Si fuera así, la escuela sería lo mejor del mundo. Y sería incontrovertible el valor de la educación.

*Doctor en Filosofía de la Educación. Profesor emérito del Instituto Superior de Estudios Superiores de Occidente (ITESO). mbazdres@iteso.mx

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