El examen de la UNAM: ¿qué aprendimos?
Marco Antonio González Villa*
Lo ocurrido con el examen de la UNAM ha desnudado diferentes problemáticas que ponen de relieve fallas educativas, sociales y políticas que pueden afectar el futuro de varias generaciones, así como de nuestra sociedad en general. Hacer un análisis y lectura del hecho en la que, de manera remedial, solamente se decida volver a cambiar el examen a modalidad presencial para corregir esta situación y ya damos vuelta a la página, representa soslayar problemas que es necesario atender, cuya omisión o minimización nos meterá en un bache o en un bucle del que no podremos salir. Abordaremos a continuación dos de ellos que considero sumamente importantes.
El primero es esta idea en la que continuamente chocan la realidad y los modelos educativos vigentes: la idea de que los exámenes son innecesarios o no reflejan lo que una persona sabe o es. Pedagógicamente, hay bases teóricas para sustentar esta idea, razón que ha llevado a que en el nivel básico y medio superior se le haya restado valor e importancia a los exámenes y se le haya dado mayor peso a la entrega de proyectos o trabajos, lo cual estaría bien, si ninguna empresa o trabajo realizara exámenes para ingresar a trabajar con ellos o si la UNAM, el IPN, la UAM, la UPN y otros colegios de prestigio del país no realizaran exámenes de admisión para ingresar a sus aulas de bachillerato y nivel superior, examen para el que no van preparados muchos estudiantes, lo cual resulta en mucha frustración para quienes no se quedan o bien pagar cursos que los preparan para un examen porque la escuela no les está dando las herramientas para enfrentar esta situación. La escuela debería volver a darle un peso mayor al examen: el examen es conductual y la escuela busca una forma de trabajo basado en el constructivismo, pero el mundo es conductual todavía; hay ahí una discrepancia: escuela-realidad.
El segundo punto tiene que ver con el uso de la tecnología, lo cual, como ya se ha dicho en varios espacios y países, solamente puede ser utilizado en las instituciones educativas cuando en el estudiantado se tiene una base moral y ética consolidada; no basta con que la UNAM, en este caso, o los y las docentes tengan buena fe y crean que ningún estudiante usará inteligencia artificial para presentar trabajos o, como lamentablemente ocurrió, presentar un examen de ingreso. La buena fe hizo que la UNAM decidiera realizar el examen en línea, ¿qué se consiguió con ello? Personas promoviendo hacer trampa en redes vendiendo las respuestas o comprometiéndose a responder ellos el examen, adolescentes y jóvenes haciendo trampa, llegando en algunos casos al cinismo de aceptar su mal actuar, burlándose de los rechazados; tenemos también a cientos de jóvenes, madres y padres enojados, convencidos de haber sido robados o engañados; tenemos también una pérdida de credibilidad de la UNAM, injusta diría yo, ya que su pecado fue creer en la honorabilidad de los aspirantes. Queda aquí una pregunta que urge abordar después de lo ocurrido: ¿tienen nuestros estudiantes una formación ética, madurez y responsabilidad para usar tecnología e inteligencia artificial? La respuesta es clara: no; es tiempo de cuestionar su uso en las aulas entonces.
Vive la UNAM un momento coyuntural, pero de enorme trascendencia para el camino de la educación en nuestro país, dependiendo de su decisión. En algunos medios se ha señalado que el software para el examen costó 101 millones de pesos, precio que se tuvo que pagar para poner en evidencia que la tecnología no es para todos, no es para muchos y que la escuela no pesa en la formación ética: los padres y madres de los que hicieron trampa jugaron un papel central en esa formación y en la decisión de hacer trampa. Esperemos la decisión y veamos qué aprendimos, ¿no?
*Doctor en Educación. Profesor de la Facultad de Estudios Superiores Iztacala. antonio.gonzalez@ired.unam.mx