Zoológicos

 en Jorge Valencia Munguía

Jorge Valencia*

Los zoológicos ofrecen versiones limitadas de la realidad. Los serpentarios exhiben unas cuantas especies de reptiles, no de todos. Ofrecen algunos ejemplares de osos, de changos, de leones… Por la limitación de lo habido, los visitantes pueden hacerse una idea de lo que existe. El zoológico es una deducción de la fauna mundial. Muestra representativa y antología de seres vivientes.
Los animales, que no cuentan con defensores suficientes, viven una vida condenada al cautiverio. A veces, más longeva que en estado natural. El debate alcanza para injerencias racionalistas. Hay quienes arguyen el beneficio de contar con veterinarios y una alimentación balanceada y suficiente. Procreación controlada pero regular y compañía permanente.
Los zoológicos no son lo que eran. Los ambientalistas y los compasivos (que no siempre son los mismos) han conseguido cierta dignidad para sus habitantes cautivos, quienes reconocen en la frialdad de las jaulas su único origen. La vida silvestre representa un mito. El Edén perdido.
Por su parte, dicen algunos, los visitantes sólo tendrían acceso a un hipopótamo de carne y hueso en un santuario como ése.
Los protagonistas no eligen. Cumplen el destino de quien genera riqueza gracias a la rareza de las especies mostradas y la curiosidad de quien puede pagar el costo de la entrada. O bien, de biólogos investigadores que obtienen recursos por ese medio.
Los zoológicos de países ricos simulan el medio ambiente. Los falsos desiertos de Alemania se consiguen gracias a calefacciones intrincadas. El océano de Sea World es una pecera templada donde las orcas, migrantes ejemplares, se mantienen con circunnavegaciones interminables y las aletas atrofiadas adentro de las fronteras del cristal que las somete. Los simios se vuelven holgazanes y neuróticos y los lobos limitan la complejidad de sus rituales sociales a la identificación de la hora y el turno jerárquico de la cena vegana que enguyen con manteles y tenedores. Los osos polares se despojan de su pelaje ártico en climas tropicales como si se tratara de tiña mientras los elefantes alcanzan la resignación mediante una meditación octogenaria y patológica. A veces parece más digno morir comido por un león en completa independencia.
En los países pobres, los coyotes y las hienas mantienen una dieta más selecta que la mayoría de las personas que los alimentan y de los visitantes que los observan.
Si les preguntaran, posiblemente los animales confinados dirían que prefieren la sedentariedad de lo seguro al albur incierto de la libertad. Es lo único que conocen. Pero no tienen opción.
Las guías impresas para visitantes deberían ofrecer reflexiones inducidas acerca del albedrío. Tal vez un taller con diploma que fomentara una reflexión profunda de su propio destino. Muchas personas le cambiarían gustosas el lugar a los cocodrilos.

*Director académico del Colegio SuBiré. jvalenci@subire.mx

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