¿Y después de la tragedia?

 en Marco Antonio González

Marco Antonio González Villa*

Fue un hecho lamentable, una desgracia. Lo ocurrido en Tlahuelilpan, que día con día reporta un mayor número de personas muertas, se pudo haber evitado, dicen muchos ahora desde los micrófonos o las ventanas que los medios de comunicación y las tecnologías les ofrecen. Y la verdad es que tienen razón, pero, obviamente, podemos realizar diferentes lecturas de las alternativas que retrospectivamente (e innecesariamente) ya se ofrecen.
Como siempre, salen aquellos que ven la oportunidad de politizar, insensiblemente, las tragedias, para cuestionar y criticar, en realidad con fundamentos poco válidos en este caso, las acciones que el gobierno efectuó.
Esta situación pone de relieve el papel que la educación, en su sentido más amplio y no ceñida o limitada a los espacios escolares, tiene en los individuos en cuanto a la forma de dotar de significados las acciones que se realizan. Los videos que muestran los diferentes medios informativos dejan ver, lamentablemente, que no existe conciencia plena entre la población no sólo de los riesgos a los que se exponen frente a una situación de inminente peligro, que incluso elementos del ejército les indicaban, sino también de minimizar o justificar lo injustificable.
Las frases de personas ante sus muertos o buscando restos de algún familiar patentizan esta situación: “se le hizo fácil”, “no se dedicaba a esto, sólo quería ganarse unos pesos”, “no sé porque lo hizo”; hay también aquellos que pareciera ser que la cercanía con la muerte les hizo darse cuenta de lo que estaban haciendo. “estuve a punto de morir sólo por unos cuantos pesos” o “por unos cuantos litros”. Esta situación obliga a lanzar y contestar la pregunta ¿y ahora qué sigue?
No bastará con tapar el pozo, o cerrar los ductos, en esta ocasión. Si la intención fuera politizar el asunto entonces tendríamos que decir, con toda justicia, que los causantes son los gobiernos anteriores que permitieron, solaparon e incluso fomentaron la práctica del robo de combustible, lo cual empezó a ser significado socialmente como algo normal, sin responsabilidad ni consecuencias. De hecho, murieron niños y adolescentes, quienes eran responsabilidad de sus familias y de la comunidad que deben velar por formar personas de bien. Decir que, si la cabeza-gobierno está mal, todo lo demás está mal es un argumento, más no justifica el papel que a todos y cada uno nos corresponde.
Enero ha sido un mes en donde la gasolina ha sido uno de los temas principales: el desabasto y las molestias que generó, la lucha contra el huachicol, la tragedia de Tlahuelilpan, noticias todas ellas en las que el factor común era y sigue siendo la eliminación del robo de combustible.
Y en todo esto ¿cuál es el papel de la escuela? Uno muy difícil: convencer y formar a individuos que busquen el bien común. Más difícil aún cuando lo social y lo político se encargaron de formar a las personas en un sentido antagónico y lejos del bien para todos. Después de una tragedia se debe aprender de las consecuencias, de no ser así, podremos esperar varias más ¿o no?

*Maestro en Educación. Profesor de la Facultad de Estudios Superiores Iztacala. antonio.gonzalez@ired.unam.mx

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