Verano en Norteamérica

 In Jorge Valencia Munguía

Jorge Valencia*

La soberanía se mide por el color de una camiseta. No hay momento de mayor solemnidad patria que cantar el Himno Nacional en la víspera de un partido de futbol. En el éxtasis del nacionalismo nadie cuestiona a los gobernantes, al partido en el poder ni a la inflación de dos dígitos, sino el defensa central, el extremo izquierdo o el medio de contención. En el frenesí sólo importan los once que nos representan y el triunfo que nos adeudan.
El Mundial es una guerra deportiva donde los escudos enfrentan sus carencias. A través de los goles que se anotan o se reciben, los países reconocen sus límites. Los aficionados sufren, se emocionan y reafirman su identidad: Brasil es el país de Ronaldinho; Francia, de Zidane. Sólo ocho países han levantado la copa; la mayoría, como el nuestro, participa sin trascender. Cada cuatro años redimensionan la noción de su fracaso.
La verdadera experiencia ocurre en las tribunas. Los aficionados se pintan la cara como un signo de combate y pertenencia. Despliegan sus banderas y afinan sus insultos. Los mexicanos entonamos elegías (“ay, ay, ay, ay, canta y no llores”) lo mismo que le gritamos un insulto homofóbico al portero rival (que, en realidad, no entiende).
El juego ocurre en las gradas. Ahí se origina la pasión que justifica el partido de futbol. Si no hubiera espectadores, la contienda tendría el prestigio de una partida de naipes. En el futbol, la narrativa empieza por los goles que se anotan o se fallan y termina con la reproducción de una leyenda. La Holanda de los años 70 está a punto de ganarle a Alemania y a Argentina cada vez que alguien relata las hazañas de Cruyff. El Brasil de Sócrates y Zico es el campeón que la copa no refrendó.
El corazón y la memoria de los aficionados reconstruyen los resultados: “No hay hechos, sólo interpretaciones”; lo tuvo que haber dicho un alemán que no vio jugar a Beckenbauer.
Con su derrama multimillonaria, el verano en Norteamérica actualiza la forma más primitiva de nuestros vínculos: reunirnos para jugar. Para ver jugar a los nuestros con la esperanza en vilo y la amenaza de la costumbre: volveremos a perder.

*Director académico del Colegio SuBiré. jvalencia@subire.mx

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