Verano en Norteamérica IV

 In Jorge Valencia Munguía

Jorge Valencia*

La selección mexicana de futbol nos acostumbra a la sorpresa. Si juega bien, pierde; gana cuando juega mal. El connotado entrenador César Luis Menotti, campeón en 78 con Argentina y breve entrenador nuestro al principio de los años 90, abrió para siempre un debate que ha polarizado a los profesionales y fanáticos de este deporte: el fin no justifica los medios. Ganar de cualquier forma no tiene mérito. Por el contrario, perder con honra (jugar con respeto a las formas) purifica el esfuerzo de los protagonistas. Holanda es el país que, sin haber ganado nunca un Mundial, revolucionó el juego y demostró que la derrota épica es preferible a la victoria pragmática.

Con la forma de jugar de sus equipos, el tres veces entrenador nacional Javier Aguirre parece argumentar que en este juego sólo el triunfo vale la pena. Sin haber ganado nada, prometió hacer el mejor papel de la historia. Y por lo pronto ha cumplido su promesa: con tres triunfos en la primera fase, es la primera vez que nuestra selección avanza a la siguiente ronda con todos los puntos disputados, seis goles a favor y ninguno recibido. La mala noticia es que nos tocó Ecuador en la siguiente fase: un equipo cuyos jugadores suman el doble del valor de los nuestros. Casi todos juegan en Europa. No parece un candado fácil de abrir.

La afición mexicana ha abarrotado el Ángel de la Independencia de la Ciudad de México y la Minerva de Guadalajara como el ritual de la victoria, donde se admiten disturbios menores y euforia ilimitada.

Cuando perdemos, somos los peores. Cuando ganamos, que nos echen al campeón… La mexicanidad se arroba bajo el triunfalismo que no profesa nuestro pasaporte. Se siente bien ganar, aunque se trate de un acto efímero y de poca trascendencia, incluso durante la competencia. Viene aún lo peor.

Durante el frenesí mundialista, los antagonistas políticos se abrazan. Brindan por el gol de Quiñones. La inseguridad se atenúa, como si la maldad hiciera tregua. La miseria se relativiza: hay dinero para comprar una camiseta verde con el escudo nacional, pagar la plataforma digital que exhibe la totalidad de los partidos y recursos para organizar la fiesta, con cerveza y garnachas. La celebración hermana a los rivales. A la hora de gritar un gol, todos somos un solo equipo: los que juegan y los que no. El eslogan de la FIFA dice que el futbol “unites the world”. La fraternidad es efímera: en su delirio de pasión nacionalista, la experiencia comunitaria precisa sobremesa. Aspira a la perpetuidad verbal de la anécdota bajo la amenaza de una nueva desilusión. El tiempo transcurre…

*Director académico del Colegio SuBiré. jvalencia@subire.mx

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