Verano en Norteamérica III

 In Jorge Valencia Munguía

Jorge Valencia*

Los milagros ocurren. Nuestra selección de futbol le ganó a la coreana a pesar de los pronósticos y se clasificó en automático para la siguiente ronda sin haber jugado aún el último partido de la primera fase. Pase lo que pase, ya es primer lugar de grupo y espera a un tercero de una serie de combinaciones que puede ser Escocia.
Predispuestos a la tragedia, los mexicanos optamos por el pesimismo como una anticipación del desastre. Lo único que no podemos soportar es la desilusión. La pedagogía de los Mundiales nos ha instruido para temer al éxito. Aspiramos a jugar 5 partidos, no a ser campeones. Nos aqueja una modestia endémica. Practicamos lo contrario al narcisismo. No queremos ser malos ni tampoco tan buenos que resultemos los favoritos. Tal vez por una falsa modestia, nos incomoda ser los predilectos. Cuando lo somos, solemos perder. Nos sienta bien venir de atrás: asumir el papel de víctimas para dar la sorpresa. Tenemos el síndrome de David contra Goliat.
Los centros de festejo denominados “Fan Fest” se han instalado estratégicamente en las ciudades más importantes del país, incluidas las sedes mundialistas de Monterrey, Guadalajara y la Ciudad de México; consiguen convocar a cientos de entusiastas que no pudieron pagar el boleto para entrar al estadio y no se quieren perder el jolgorio. Con pantallas gigantes se aprecian los partidos y la fiesta es voluntaria y etílica. “Que vuele, que vuele…”, dicen los alegres y avientan por los aires a los apuntados. Se corean los goles y se lamentan las pifias. Estos centros de pasión que incluyen adeptos extranjeros bajo turismo futbolero demuestran que la popularidad del deporte parte del principio de identidad colectiva y aspiración para asumir motivos de orgullo y presunción chovinista. “Como México no hay dos”. Nuestra falta de triunfos deportivos se compensa con la anarquía celebratoria que presumimos ante propios y extraños. Ni en el 70 ni en el 86 ganamos gran cosa, pero nos queda el orgullo de nuestra excelencia organizativa. Podremos perder, pero organizamos fiestas inolvidables.
El fracaso y la euforia son dos extremos de una misma postura. Lo que no podemos en la cancha, lo sublimamos con los cohetes y la música de despecho. Betsy Pecanins cantó:

“Si hay que vivir por amor, que sea muy grande la vida. Si hay que morir de dolor, que sea la muerte chiquita”.

A través del futbol protagonizado por once de los nuestros, celebramos la vida como una esperanza festiva que obliga fraternidad y aliento. En el transcurso del partido, somos unos guerreros, osados y resilientes. Vivimos una vida de excepción que dura 90 minutos. Las derrotas nos regresan a la realidad: aunque sabemos que no seremos campeones, posponemos esa certeza.

*Director académico del Colegio SuBiré. jvalencia@subire.mx

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