Un truco para Jova
Alfonso Durán Hernández*
Entre sueños escuché los golpes en la puerta y los gritos de Martín. Por los resquicios de los toscos tablones que cubrían el acceso a la choza en que dormía, alcancé a distinguir la tenue claridad de ese tibio amanecer de finales de junio.
Me encontraba en San Andrés de los Colomos, ranchería ubicada en las estribaciones de la Sierra Madre Occidental en el estado de Nayarit. Esbeltos capomos coronados de parásitas orquídeas, gigantescas higueras, transparentes arroyos y parvadas de verdes loros eran el bello y engañoso paisaje que rodeaba a aquella miserable población de no más de cien personas. Los zancudos, las garrapatas, las enfermedades y el aislamiento eran la realidad de nuestra vida cotidiana.
Hacía diez meses que me había encargado de la Escuela Primaria Rural “Manuel Lozada” ahí ubicada. Mi presumido compromiso social con la educación flaqueaba cuando tenía que atender, mañana y tarde, a veinte chiquillos famélicos plagados de parásitos intestinales y de sarna; para continuar por la noche con los adultos en una misión alfabetizadora autoimpuesta a la cual, a 9 meses de iniciada, ya no le veía presente ni futuro.
–“Tenga cuidado”. Me había dicho el inspector escolar al entregarme la comisión de servicio.
–“Esa escuela estuvo cerrada por cinco años. Asaltaron y golpearon al anterior maestro. Por eso castigaron a la comunidad. Dicen que es refugio de ladrones y abigeos. Con decirle que en la región hay un dicho para señalar a los pueblos conflictivos: “Aquí es como en San Andrés: panino de hombres y bandidos hasta el juez”.
Conmigo se la han portado bien: Vivo en la casa de don Miguel, quien hasta el momento se ha negado a que le pague los alimentos que consumo y la renta de la choza que ocupo al fondo de la huerta en la que conviven árboles de mangos, limones, guanábanas y aguacates. En mi opinión, son gente buena que coopera con las actividades de la escuela. La manera en que se ganan la vida hasta el momento no me ha interesado; aunque parece que el inspector no anda muy equivocado en sus apreciaciones. De hecho, hay momentos en que me siento cómplice por no dar parte a las autoridades acerca de las actividades nocturnas de varios de los habitantes de la comunidad.
Al abrir la puerta de mi rústica habitación, adiviné en la penumbra la descompuesta cara de Martín, que me dijo: “Profe, Jova ya regresó…”
Hacía ocho días que, aprovechando la ausencia de sus padres, la hermana de Martín había huido con Faustino, su novio. Desde ese día no se habían tenido noticias de su paradero y todos creíamos que se habían refugiado en Cuyultita de Mala Noche, ranchería de la que era originario Faustino y que se encontraba a dos jornadas por camino de herradura.
–“…Dice que mataron a Faustino. Venga con ella para que le cuente”.
A medio vestir y todavía adormilado, me dirigí al jacal que hacía las veces de cocina y recámara, en el que se encontraba la llorosa y compungida joven. En medio de palabras entrecortadas y sollozos supimos la historia.
Desde la escapatoria del domingo, habían estado escondidos en el “carretón” que Leonardo, el primo de Faustino, tenía en el cerro de “La Cebadilla”. El mismo Leonardo, que dicho sea de paso, es el principal abigeo del rancho, fue quien les estuvo llevando agua y comida todos esos días.
También fue él quien les informó –ahora sabe que falsamente– que don Miguel había regresado y que andaba muy enojado diciendo que en cuanto los encontrara los mataría a los dos. Faustino le dijo que no tuviera miedo, que la llevaría a Cuyultita y que ahí los casaría su tío, el cura de San Rafael.
Hoy, muy de madrugada, la despertó sorpresivamente para decirle que debían irse, caminando, a esperar la “corrida” al crucero de “Corral de Piedra”; no fuera a ser que su papá de verdad tuviera intenciones de cumplir su amenaza. Así fue como, sin más, emprendieron el camino al amparo de la densa bruma del amanecer que cubría con su manto las estrechas y lodosas veredas por las que, en silencio, caminaban.
Como a la media hora de recorrido, sorpresivamente, de entre las brumas, surgieron tres individuos armados y con el rostro cubierto. Uno de ellos la sujetó, mientras los otros dos sometían a Faustino y, ya en el suelo, le dieron de balazos y lo apuñalaron: “De modo que creíste fácil escaparte llevándote el dinero y la muchacha”, dijeron.
Consumado su alevoso crimen, el que parecía ser el jefe le dio de bofetadas para que se callara y le dijo que era mejor que se regresara a su casa, que el pleito no era con ella: “Vete por esa vereda”, le dijo, “y llegarás a la brecha; de ahí en adelante tú ya conoces el camino”.
—Me regresé y aquí estoy. Concluyó Jova entre sollozos.
En aquel momento pensé que nunca hubiera creído que aquel noviazgo fuera a terminar de esta manera. No hacía ocho meses que se habían conocido y ya habían sido cubiertos por el manto de la tragedia.
En un principio, Jova había sido novia de Sixto –“El Diablo”– y todos nos dimos cuenta de que no le prestaba la menor atención a Faustino: le hacía desprecios y le mandaba decir que no se le ocurriera buscarla, que se fuera a su pueblo a buscar novia; que las de San Andrés eran para los de San Andrés; además, que a ella ni le gustaba, por prieto.
Todo cambió cuando le llevó serenata. Toda la noche estuvimos escuchando “La Flor de Capomo”, canción aprendida por Faustino en sus correrías por el sur de Sonora:
Trigueñita hermosa
linda vas creciendo,
como los capomos
que se encuentran en la flor.
Tú, mi chiquitita
te ando vacilando
te ando enamorando
con grande fervor…”
A partir de entonces se les vio, mañana y tarde, juntos, por el arroyo cortando pasiflora y “jihuites” para llevarlos a vender a la parada del camión.
Don Miguel nunca estuvo de acuerdo con aquella relación. Decía que ese muchacho era un bueno para nada, que no trabajaba y qué sabe por qué se habría venido a esconder a esta ranchería olvidada de Dios y de los hombres. Siempre concluían sus peroratas con un “Ha de ser como Leonardo: un “roba vacas”.
–“Al mal paso darle prisa —le dije a Martín, que también era el juez auxiliar de la comunidad. “Hay que juntar a la gente para recoger el cuerpo y llevarlo a Santiago a que le hagan la autopsia”.
En menos de media hora formamos un grupo compacto de hombres dispuestos a auxiliarnos en la búsqueda del cadáver. Ahí se encontraban Sixto, Guadalupe, Leonardo, Guillermo, Nicolás, Pascual y otros más. Todos provistos de machetes y algunos de rifles. La libreta para levantar el acta yo la llevaba.
Salimos, como fantasmas, bajo la humedad de la brisa matinal, hacia el sitio señalado por Jova como lugar del asesinato. Antes de la hora, llegamos a “Las Chichis de Juana”, dos peñascos gemelos donde el arroyo de Cahuipa se junta con el del Caimanero, sitio que poco tiempo antes había sido testigo del asesinato de Faustino.
Al comenzar la búsqueda, Urbano encontró entre la arena tres plateados casquillos de pistola 38 “super”.
–Por aquí debe estar el cuerpo —dijo.
Buscamos: Nos metimos al arroyo; nos subimos a los peñascos para observar; rastreamos, palmo a palmo, los alrededores. Nada. Ni cadáver, ni sangre. Nada.
Después de cuatro horas de búsqueda infructuosa, cansadas y hambrientas, nos reunimos a comentar lo extraño del asunto. La sombría voz de Martín dijo: “Fue un truco. Si no lo mataron, yo sí lo voy a matar. Fue un truco para dejar a Jova”.
Nadie respondió; pero, uno a uno, todos nos vimos a los ojos y pensamos: “Fue un truco para dejar a Jova”.
*Maestro en Educación. Director del Centro de Actualización del Magisterio en Lagos de Moreno, Jalisco. alfonso.duran.hdez@gmail.com
,,¡Qué historia!