Tercero
Jorge Valencia*
Sin ser pesimistas al estilo de los escandinavos, los mexicanos atravesamos la vida con la convicción de que no la merecemos. La sabiduría popular nos recuerda que “la vida es un camote y el que no lo traga, se ahoga”.
El frío es la evidencia de nuestra miseria. La cobija con que nos cubrimos no siempre nos alcanza.
Mientras otras culturas escriben cartas póstumas que quedan inmortalizadas en mármol, a nosotros nos basta una canción con trompetas y fuegos artificiales. Fugaz y estridente.
Le vamos a equipos que no ganan. En competencias internacionales, nuestros representativos deportivos rompen sus propias marcas para perder, al final, como siempre. Nuestras hazañas no son suficientes.
Cargamos el sino de la conquista. Nuestro espíritu se doblegó con fuego y copal. Sangre y danza de la derrota.
A cinco meses del mundial de futbol, el tercero en casa, no se ve cómo podamos ganarle a los favoritos.
Estamos tan acostumbrados al “paro”, la palanca, la excepción, que suponemos que basta una buena recomendación para sobresalir. El exitoso es el hijo de alguien, el apadrinado, el que gozó de un privilegio oportuno. Preferimos lo fácil a lo necesario. El esfuerzo, la táctica y la estrategia para obtener un resultado positivo se obvian. En nosotros, el triunfo es fortuito, no una consecuencia. Somos hijos de la chiripa. Nuestras medallas se deben a que los otros fallaron en el momento preciso. Sólo somos buenos por descarte.
Pero tampoco somos los peores. Navegamos en la medianía (no en la mediocridad), quizá por un temor inconsciente al triunfo, que supone una exigencia que no estamos dispuestos a conceder. Ser el mejor implica un compromiso. Si ganamos algo, echamos serpentinas y fuegos artificiales (siempre fuegos artificiales) y no sistematizamos el camino. No dejamos memoria para repetir. Porque fue chiripa y porque no lo merecemos. Nos ruborizan las miradas; mordemos el bies del rebozo y agachamos los ojos. No queremos ser el canon de nada.
Nos gusta el anonimato. No le perdonamos a Hugo Sánchez haber sido tan bueno. Ni a Rodolfo Neri Vela haber sido el primer astronauta mexicano. Preferimos el escondite, la reserva, estar agazapados en la protección de la sombra.
En nuestro tercer mundial en casa jugaremos con pasión. Haremos jugadas entrañables. Estaremos cerca de la gloria. Y volveremos a perder. “Ya merito”…
La elegía es una forma de ritual. Como todos los rituales, nos justifica. Los especialistas detallarán nuestros yerros.
*Director académico del Colegio SuBiré. jvalencia@subire.mx