Sub-60

 In Jorge Valencia Munguía

Jorge Valencia*

La madurez se termina a los 60. Entonces empieza el tortuoso proceso de envejecer. La puerta emparejada para recibir la visita de la senilidad y, con ella, la enfermedad, la desmemoria, la soledad y la muerte. En los ancianos, la muerte es una especie de solución: otros se han ido y el mundo se reduce a una cama de hospital donde los pañales se cambian con horarios restringidos y las conversaciones ocurren –cuando ocurren– con fantasmas.
Los 60 son una marca: “adultos mayores”; se denomina así a quienes la alcanzan. Es El Dorado de los cincuentones. La cuenta regresiva de los “Godínez”. El lunes, donde al fin no existe una tarjeta para checar el ingreso a la oficina, un jefe que grita mucho para demostrar sus carencias emocionales y compañeros que sólo son eso: testigos de un fracaso compartido.
La marca es la jubilación. A veces el 75% se justifica; ¿para qué esperar? Mejor una pensión incompleta que un 100% físicamente diezmado. A veces no, cuando la fuerza es suficiente y la ambición innegociable.
Los 60 son la edad para tramitar credenciales que concedan descuentos, filas rápidas por compasión o asiento sin reproche a bordo de la ruta 269.
Quienes aún no cumplen los 60 pertenecen a la legión de los achaques presumibles que justifican una jubilación con tres cuartos del total que la generosidad estatal ha legislado. “Estás fuerte y estás sano”, dicen los partidarios de las mentiras piadosas. La salud y la fortaleza no incluyen los achaques emocionales ni los mentales. Cuarenta años de experiencia godín sustentan el deseo de postergar la levantada a una hora donde los gallos ya hayan emprendido su rutina y los perros estén listos para morder los zapatos. Una hora donde el tráfico para el traslado a la oficina resulte un pasatiempo menor y la inversión térmica, sólo una costumbre neoliberal.
Pertenecer a la selección sub-60 representa una etapa donde la esperanza adquiere su prestigio. Igual que un viaje largo donde las cúpulas en lontananza ya presagian la llegada a Pénjamo.
La jubilación es un planeta cuya distancia está a sesenta años de la Tierra. En ese viaje se llega con tos y gastritis, pero con la esperanza aún inmaculada. El escritor Albert Camus escribió que “la tragedia de la vejez no es que uno sea viejo, sino que sea joven”. Que existan planes aún no concluidos y la suficiente enjundia para aguantar los vendavales de la vida. Los 60 son la garita en la que se paga el peaje de la existencia. Y a los cincuentaitantos comienza la cuenta regresiva (la hora de ensayar las despedidas).

*Director académico del Colegio SuBiré. jvalencia@subire.mx

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