Su futbol
Jorge Valencia*
Disputándose una pelota ovoide, los jugadores de “futbol” americano celebran un juego donde los tantos no valen por la cantidad, sino por la manera como los anotan: 6 puntos cuando el equipo consigue colocar la pelota en la zona contraria, mediante pase aéreo o por acarreo; y uno adicional con patada que atraviesa una portería en forma de “Y” o de “H”. Pero existen otro tipo de anotaciones…
No hay jugadores “titulares”, sino equipos especializados: ofensiva, defensiva y especiales. Estos últimos ingresan a la cancha para regresar una patada del equipo rival o para anotar un gol de campo. Nadie pide permiso: los jugadores entran y salen como a una fiesta donde a nadie le importa quién asiste.
El futbol americano es uno de los deportes nacionales de los Estados Unidos. Junto al béisbol, aglutina los intereses de una fanaticada que gusta de espectáculos dilatados y con emociones esporádicas (el baloncesto se mide aparte). La algarabía ocurre antes del juego, cuando los espectadores se reúnen en el estacionamiento del estadio a compartir asados que ellos denominan “BBQ”. El partido inicia con las panzas llenas y la mirada vidriosa (no faltan las cervezas). Tres horas de juego se completan con salchichas compradas a granel y un espectáculo de porristas que promueve la simpatía por el equipo con rutinas complejas y vestuarios sugestivos.
Como los equipos no bajan de categoría ni compiten contra otras naciones o ligas externas, los adeptos a una franquicia mantienen un apego indefinido hacia su equipo, según gane o pierda. A veces las franquicias cambian de ciudad: los Raiders han pertenecido a Oakland, a Los Ángeles y ahora a Las Vegas. La afición es principalmente televisiva.
El juego definitorio del campeonato es el “Super Bowl”, luego de una clasificación de postemporada donde se descartan los equipos de diferente “conferencia”.
El más reciente Super Bowl contó con la actuación intermedia del puertorriqueño Bad Bunny, quien cantó (o lo que él haga) en español. El “show” mostró situaciones ocurridas en la isla que cuestionan la hegemonía estadounidense: los apagones por la deficiencia eléctrica, la pérdida de soberanía como en Hawái. El espectáculo concluyó con una exhibición de las banderas latinoamericanas más la de Estados Unidos, y un llamado a la unidad panamericana.
Los republicanos encabezados por el presidente calificaron el espectáculo como el peor de la historia del Super Bowl.
Es simbólico que uno de los deportes nacionales haya dado una franca cabida a la cultura “latina” (así definen los gringos a las tradiciones hispanoamericanas, achatando su origen e historia). Ibargüengoitia dice que para los estadounidenses, los latinoamericanos no representamos a una(s) cultura(s), sino a una etnia racial.
El medio tiempo del partido fue un grito en español de un conjunto de ciudadanos que pueblan el país más poderoso del mundo, aportando una cosmovisión que, más allá de especificidades históricas y geográficas, representa una tradición centenaria que reclama el derecho de existir.
En tiempos de un imperialismo renovado que segrega a la población bajo criterios raciales, la voz distorsionada de un reguetonero puertorriqueño convoca la cohesión de un idioma, un color de piel, un origen cultural de la periferia de ese imperio. Latinoamérica levantó la mano durante uno de los espectáculos (deportivo, en este caso) más significativos de Estados Unidos.
Se le denomina “futbol” a un deporte donde el pie toca el balón unas cuantas veces a lo largo del partido. Tal vez simboliza a los pueblos hispanohablantes que viven en ese poderoso país que, sin ser la hegemonía de facto, ocupan -en cantidad e influencia- su destino económico y cultural.
*Director académico del Colegio SuBiré. jvalencia@subire.mx