Sesto

 en Jorge Valencia Munguía

Jorge Valencia*

Con Camilo Sesto, muere una generación de cantautores de afección sentimental y aspecto de niña frágil. Sus baladas sonaban en todas partes cuando no había más en la radio. Eso y la música vernácula cuyas tramas ya habían dicho todo para los necios que aún añoraban el rancho, los arroyitos, los balazos al aire por mujeres traicioneras y amantes suicidas que bebían gasolina para provocar una culpa.
Camilo Sesto tardaba más en maquillarse que en esparcir otro éxito. El ceceo de su origen lingüístico le daba el toque exótico que Raúl Velasco sabía aprovechar dentro del horario estelar de la barra de Siempre en Domingo. “Que no me falte tu cuerpo jamás”, se quejaba… Era la época en que el erotismo se domaba para toda la familia, después de Misa, frente a un solo televisor dispuesto a media sala.
Las abuelas criticaban el largo del cabello, las valencianas excesivas y las telas estampadas de colores chillantes. Mientras, las madres jóvenes suspiraban su catarsis antes de Lupita D’Alessio y después del arroz a la mexicana para una tribu de siete.
Raúl Velasco sabía cómo generar ídolos. En los años 70 la música española se preciaba de la rima consonante y de haberse librado de Franco. Julio Iglesias llegó a decir que México era su segunda patria. A América Latina aún le faltaba superar las dictaduras y la influencia de Marga López. Nuestro Canal 2 reciclaba baladistas con la versatilidad de los radios de transistores y las sirvientas enamoradizas que hablaban en dialectos y criaban hijos ajenos. Ahí floreció Camilo Sesto. En una sociedad donde era preferible la violencia familiar al divorcio. “Sé que no basta con llorar, con ponerme de rodillas y pedirte perdón…” Sollozaba el varón afectado por el amor y la secadora de pelo, los zapatos de plataforma y las camisas entalladas de cuellos “XL”.
Hizo cantar a una generación que cuestionó la virilidad y prometió una fidelidad más allá del pensamiento: “…porque hasta en sueños te he sido fiel”, gimoteaba.
Camilo Sesto practicó una música de batería con sordina donde el requinto era de ornato y el saxofón se engarzaba con versos confesionales del calibre de “Soy tan feliz que hasta voy a llorar”. El oxímoron revela a un cantante con el envión para sustituir al San Antonio de los altares femeninos por afiches en la puerta del clóset. Ojos exageradamente azules y maneras delicadamente sospechosas.
Con un apellido por poco numeral que le da un aire nobiliario, casi cardenalesco, Sesto representa una época de machos que morían de amor y mataban con ráfagas de lágrimas a niñas en edad de ceder su inocencia a cambio de LPs y frases definitorias a la usanza de Arturo de Córdova.
Raúl Velasco ayuntó las baladas melosas a una sociedad pasiva –se diría idílica– que creía en la democracia como una costumbre imposible y en el amor como una pasión sin consenso. Camilo Sesto es la voz con “lipstick” carmesí que tarareó la voluptuosidad metrosexual de una generación a la que le sobraban bríos y le faltaban causas. Siempre fue domingo en su repertorio emocional.

*Director académico del Colegio SuBiré. jvalenci@subire.mx

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