¿Se puede medir la educación?

 In Miguel Bazdresch Parada

Miguel Bazdresch Parada*

Medir es, en variadas ocasiones, una manera de fundamentar una hipótesis, conocer un dato de interés, comparar a dos o más entidades acerca de un hecho y, desde luego, para conocer el tamaño de alguna información importante. La medición está en nuestras vidas de todos los días. Algunos ejemplos cotidianos sirven para darnos cuenta de nuestra dependencia del medir. ¿Cuánto te vas a tardar? Le pregunta la esposa al esposo al saber que saldrá de la casa por un asunto urgente de la oficina donde trabaja. ¿Cuántos goles ha anotado X delantero de Y equipo? Para saber cuántos dólares vale cada gol, y si esa cantidad justifica su contratación. ¿Cuántos dólares te pagan en tu empresa? Pregunta de un amigo a otro para saber a quién le pagan mejor. ¿Cuál calificación te puso el “profe”? Y saber si más o menos de la puesta a quién pregunta. Y así se pueden llenar muchas páginas con las mediciones con las cuales nos topamos cada día.
Además de medir a las personas, nos preocupan características cualitativas, esas inmedibles, pues se trata de cualidades, a veces caprichosas, otras veces señal de riqueza, presentación personal, deterioro, envidia del vecino o necesidad para conseguir un resultado perfecto. Estas características cualitativas no son fáciles de comparar, pues a veces interviene el gusto personal; en otras es presunción innecesaria. Lo cualitativo habla de cualidades. Éstas hablan de capacidades, y éstas generan certezas de logros, éxito o bien hechuras, por lo menos.
La educación, sobre todo la recibida en las escuelas, se aprecia con mediciones (años escolares, calificaciones numéricas obtenidas, logros personales o en conjunto con otros, otras) y además con ciertas cualidades: la fama de los profesores de los cursos tomados, la universidad de graduación, las distinciones conseguidas, las calificaciones en sus exámenes, los empleadores interesados… y otras.
Ahora bien, cuando queremos conocer el valor de las funciones educativas ofrecidas a las personas de una comunidad o de un país, también hemos de fijarnos en aquellas características medibles, cuantitativas, y también en las cualidades, las cualitativas. Por ejemplo, en Jalisco, según las estadísticas oficiales, los niños y jóvenes registrados en una institución educativa, encontramos estos datos:
El INEGI (2022) informa que “49.7% de los jóvenes que abandonan la escuela lo hacen por falta de dinero o recursos”. Una cantidad (porcentaje) llama la atención. Una cualidad (falta de recursos) produce tristeza o coraje o enojo. ¿Y el dato permite darnos cuenta de la situación y la eficiencia de la escuela en México? En esencia, la mitad de los jóvenes inscritos en la escuela la abandonan porque no tienen, ellos o sus familias, recursos. ¿Con esos datos qué se puede decir de la educación en México? Una posibilidad, en términos de la medición del INEGI, es: México tiene recursos para ofrecer educación al doble de los jóvenes actualmente en las escuelas y México no aprovecha la mitad de los recursos educativos para jóvenes, pues la mitad de ellos han de ayudar a su familia a conseguir recursos.
Se puede decir que el país puede ofrecer educación al doble de jóvenes y el país no da para que la mitad de los jóvenes tengan recursos para ir a la escuela. Y a la vez, el dato no es suficiente para estimar las capacidades de los jóvenes y la idoneidad del servicio educativo del país. La medición da dos datos, ninguno relacionado con la educación de los jóvenes.
Los datos no permiten saber qué hacen los jóvenes después de no ir a la escuela. ¿Aprenden el oficio del padre, de la madre, de un pariente, de un amigo de la familia? ¿Entran a trabajar de meritorios en alguna empresa que los ayuda porque les ve “potencial”? ¿Se van de migrantes a los Estados Unidos? ¿Piden ayuda a un pariente para aprender un oficio y contratarse en una pequeña empresa? Y, claro, puede suceder que lo reclute alguna célula ilegal.
Por otro lado, la cualidad de padres sin recursos puede cuestionar acerca de la eficacia de los programas gubernamentales de ayuda a las personas en situación de escasez de recursos. Igual la poca ayuda temporal a los jóvenes, salvo la muy cuestionada Servidores de la Nación.
En síntesis, este ejemplo, y se pueden revisar decenas, no ofrece información utilizable en relación con lo educado o no están los jóvenes, tanto aquellos que sí permanecen en las escuelas como quienes se ven forzados a retirarse por falta de recursos. Quizá como operadores de las acciones educadoras y las instituciones relacionadas no acabamos de saber cuáles han de ser las características de una persona educada, de manera tal que le ofrezca las posibilidades de compartir la vida personal con la vida social, económica y política del país y los lugares de vida de las personas.
Se puede medir la educación con la contabilidad de asistencia y uso de las instituciones, programas y propuestas de las instituciones educativas, oficiales y particulares, y otras medidas de los resultados de los exámenes nacionales o de las instituciones extranjeras e internacionales. Sin embargo, responder preguntas o diseñar una estrategia, si bien es parte de la educación, a la vez no agota lo esencial. El ser humano dispone de numerosas capacidades para sentirse feliz por lo realizado, a la vez que aporta a las búsquedas de otros colegas humanos, lo cual lo reconforta, pues ayudar a conseguir algo a otros es muy humano y causa de los mejores sentimientos. Quizá la verdadera medida de la educación de una persona se puede conseguir en los días y horas más cercanas a su paso por este mundo, momentos, época donde el balance ya no tendrá espacio para añadirle más. La educación no se valida con los recursos ofrecidos para conseguir habilidades, saberes, ideas y competencias, sino con la aplicación de los recursos conseguidos de esa oferta, cualquiera que sea, y las realizaciones efectuadas por las personas concretas, independientemente de su carácter heroico, constructivo, novedoso, repetido o incluso cruel.
Más allá de los hechos y su repercusión en el mundo realizados por cada persona, la medida es la satisfacción por la congruencia entre lo hecho y lo querido por su persona.

*Doctor en Filosofía de la Educación. Profesor emérito del Instituto Superior de Estudios Superiores de Occidente (ITESO). mbazdres@iteso.mx

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