Revisiones conceptuales para vacacionar
Luis Christian Velázquez Magallanes*
La historia de la filosofía permite comprender el rumbo que toman las reflexiones a partir de los problemas de cada época. Incluso se puede apreciar cómo se acuñan nociones o términos para abordar o presentar soluciones a las tragedias humanas de cada época.
Indudablemente, Aristóteles, en su Metafísica, antes de exponer la diferencia entre movimiento como cambio de posición y como cambio de atributos, se ve en la necesidad de exponer cómo sus antecesores presentaron soluciones diversas al problema y precisa, en cada caso, en qué posición conceptual se encontraban.
Hegel identificó plenamente el devenir de las reflexiones como soluciones a las problemáticas de una época y, desde esa perspectiva, construyó sus lecciones sobre la historia de la filosofía. La historia narra cómo la conciencia se va haciendo consciente a lo largo de los problemas históricos. Se aplica la dialéctica para discernir este proceso.
Es hasta el siglo XX que se empieza a considerar un elemento fundamental en el abordaje de los problemas. Más allá de crear o no sistemas para responder a los problemas, los ingleses en la escuela de Cambridge, con los postulados metodológicos de Bertrand Russell y Ludwig Wittgenstein, empiezan a considerar en qué medida el lenguaje se usa de manera correcta y precisa en el abordaje y en la solución de problemas.
La postura surge como una contraparte a los excesos cometidos por Hegel y por la tradición alemana. La idea es sencilla; la reflexión, sus planteamientos y la transmisión del resultado se deben expresar en un lenguaje preciso, sin contradicciones y sin la posibilidad de la multiplicidad de interpretaciones.
La postura, desde luego, generó un exceso que se aprecia de manera clara en la postura positivista, donde se asume que los únicos problemas que merecen ser abordados son aquellos que están relacionados con la ciencia y la veracidad de sus proposiciones. Desde luego, aunque se decía que no había una reflexión de carácter ontológico o metafísico, la mayoría de los pensadores positivistas mantenían una postura clara y precisa respecto a los problemas de la filosofía. Incluso mantenían una postura metafísica ultrarrecalcitrante.
El mérito del “Tractatus Logico-Filosophicus” (1921) de Wittgenstein es la presentación de una reflexión que logra describir la fórmula general de la proposición, es decir con la norma que debe seguir el lenguaje para no perderse y siempre hablar de elementos de la realidad. La primera reflexión de Wittgenstein se ancla en la aclaración de la sintaxis del lenguaje.
“Los cuadernos azul y marrón” (1958), lejos de edificar una segunda forma de hacer filosofía, son la secuencia lógica del Tractatus porque se centran en el aspecto que le da vida al lenguaje: la semántica.
La pregunta es simple, pero muy compleja: ¿Qué elemento permite a los hablantes de una lengua comprender los significados de las palabras? Wittgenstein encuentra un aspecto fundamental para comprender la viveza de la lengua: el contexto, solo que él los designa como juegos lingüísticos. El significado siempre dependerá del contexto operacional de las preposiciones y sus sintagmas. Pareciera que la noción de juego lingüístico abre una enorme puerta para que ingresen sin sentidos innumerables. Pero no es así.
La noción de juego lingüístico involucra dos aspectos fundamentales; por una parte, la viveza de la lengua conlleva la parte lúdica, pero para que cualquier juego tenga sentido y referencia, debe reconocer una serie de normas comunes para entender qué hacer y cómo transitar en la actividad lúdica. La viveza de la lengua, necesariamente, debe considerar las normas del contexto operacional para realizar de manera satisfactoria la comunicación.
La relevancia de la propuesta de Wittgenstein es importante porque reconoce la necesidad de no cometer excesos lingüísticos o de plantear seudoproblemas derivados de la incapacidad de cualquier investigador para reconocer los límites del lenguaje.
Los ámbitos de cualquier investigación, luego entonces, requieren de la definición de tres elementos concretos. En primer lugar, se debe aclarar nuestro criterio ontológico, después de definir qué entendemos por realidad y cómo forma parte de esa realidad nuestro objeto de estudio. En un segundo momento, se debe aclarar nuestra postura epistemológica o precisar con lujo de detalle cómo se puede conocer esa realidad, pero ahí estriba la importancia del tercer elemento: se debe realizar una reflexión de carácter lingüístico para revisar hasta dónde los términos o conceptos de ese contexto o juego lingüístico realmente funcionan para aclarar la realidad o la complejizan más. Vaya que esta reflexión es necesaria en el abordaje de los problemas educativos.
*Licenciado en Filosofía. Profesor de educación secundaria en la SEJ. chris-brick@hotmail.com