Regalos navideños

 en Jorge Valencia Munguía

Jorge Valencia*

La Navidad es una época para recibir regalos. Darlos, resulta un mal necesario. En tiempo de crisis, los publicistas del engaño han definido el intercambio como una forma equitativa de gastar para recibir. Siendo una inversión segura, el egoísmo festeja sus proporciones donde el afecto se admite como un signo material de ida y vuelta. El costo del suéter que se regala es semejante al del suéter que se recibe. Sólo cambia el color y la talla. Acaso el buen gusto.
La miseria humana ha reducido el bien común a cajas de cartón con moño. Desde un mundo impersonal donde se reparten galletas de Marisa adentro de plásticos higiénicos que no evitan la contaminación, la cena familiar sólo se entiende por la cantidad de regalos debajo del árbol. No hay romeritos que se disfruten lo suficiente ni sidra que admita la sinceridad de los brindis: los invitados tienen en mente el tamaño de la caja y el papel que lo decora: todos imaginan la obtención de televisores a cambio de calcetines. Los decorados blancos con monos de nieve resultan indistintos. Si el papel es de Disney, se entiende que el destinatario es un niño (y aún ahí se precisa la especificidad genérica de una princesa o un Buzz Lightyear). Para mamá, una envoltura con flores de nochebuena y los renos sobre azul para los de menor edad. Todo significa en una reunión donde las esferas están puestas por la combinación con el árbol y el color de los foquitos.
Suele comenzar el intercambio el más chico, quien, una vez que recibe su caja, la desgarra con los dientes en el mejor ejemplo de la evolución de las especias y desparrama los gajos de la envoltura al arbitrio del perro; luego, huye a enajenarse a solas con algún monstruo fabricado en China. Su regalo lo reparte vicariamente la madre y el niño vuelve a regañadientes a la reunión para la foto con el abuelo, última evidencia gráfica de su existencia. El abuelo recibe la bufanda, se la enrolla en el pescuezo y vuelve a dormitar su desánimo en un coma navideño auto inducido que termina el 1º de enero.
Los tíos de Pachuca traen obsequios alimenticios: postres de sabores varios y frases afectuosas que completan el exceso de azúcar.
Así las cosas, el regalo menos oportuno es un libro. Con él se impone la obligación de conversarlo en una posterior sobremesa, sometiendo al donatario a un trance que no se elige. A un universo lingüístico que se emprende por compromiso y a conclusiones impostadas que únicamente tienden a conservar la relación: “está bueno”, aunque no sea cierto. La Navidad es una oportunidad para infligir una estética, evaluar el cariño por el costo de lo obtenido y cenar florituras cuyo desenlace es el omeprazol.

*Director académico del Colegio SuBiré. jvalenci@subire.mx

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