Qué implica la salud mental y emocional de los maestros
Luis Christian Velázquez Magallanes*
El inicio del ciclo escolar 2026-2027 está a la vuelta de la esquina y el regreso tiene todas las características del eterno retorno de Mircea Eliade. Una y otra vez iniciamos con la misma meta, pero los resultados cada vez son más desalentadores.
Ahora, después de dos meses de receso escolar –gritemos juntos la muletilla: “otro logro más del SNTE”–, el ciclo inicia con una fase intensiva en donde se revisa el impacto de los dispositivos electrónicos en las niñas, niños y adolescentes, un cuestionario para reformar la USICAMM y demás objetivos para que, ahora sí, los docentes entiendan qué es la Nueva Escuela Mexicana, qué son las metodologías sociocríticas, qué es la evaluación formativa, un intento más para elaborar desde la democratización del aprendizaje el mentado programa analítico y todo aquello que sea necesario para que los centros educativos funcionen mejor.
Al margen de todos los eventos que rodean la organización del ciclo escolar, los acontecimientos y problemas que ha enfrentado el magisterio nacional deben abordar como una de sus prioridades la situación emocional y mental de los docentes.
El sistema educativo se ha direccionado en una ruta donde la responsabilidad de los docentes es enorme y parece que tiene poco espacio para maniobrar. Los vacíos y lagunas legales y operativas son tan amplias que en temas específicos se promulgan decretos para simular la atención de lo urgente, aunque en la práctica no exista un rumbo claro.
En Jalisco, por ejemplo, se promulgó la ley de pantallas seguras para niñas, niños y adolescentes; el documento, si bien caracteriza a la perfección el estado de cosas del problema, termina por señalar que cada escuela será completamente responsable de los mecanismos de control establecidos en el uso o restricción de los dispositivos. En términos llanos y claros, cada escuela se hará bolas con ese tema.
Lo cierto es que la oportunidad de potencializar el aprendizaje se obstruye por la incapacidad de regular y establecer acuerdos respecto a cómo se debe integrar la tecnología en los procesos de enseñanza y aprendizaje. Luego entonces, vemos cómo los docentes abandonan o dejan de usar los recursos tecnológicos por temor a involucrarse en un problema.
Además del problema de las Pantallas Seguras, el docente está en un clima de incertidumbre laboral. Ni la Secretaría ni el sindicato se han preocupado por consolidar procesos para garantizar la seguridad y estabilidad para el personal de los centros educativos.
Por otra parte, el docente ahora enfrenta una carga administrativa que absorbe tiempo valioso para diseñar secuencias de aprendizaje acordes a las necesidades de los alumnos.
Ante estas terribles circunstancias, no es extraño que los docentes acudan a la fase intensiva con total desánimo e incredulidad. En ese escenario siempre aparecen los mismos personajes y su comportamiento surge del total desinterés de organizar un nuevo ciclo escolar: el nuevo con todo el ánimo del mundo, el optimista, el amargado, el sabelotodo, el propositivo mentiroso, el comodino, el lamebotas, el incondicional, la vendedora de catálogos y demás. La primera semana siempre anticipa cómo será el ciclo.
Quizá sea importante revisar y analizar desde los propios centros educativos la relación que tienen estas prácticas con el desgaste emocional y mental que están atravesando los docentes.
*Licenciado en Filosofía. Profesor de educación secundaria en la SEJ. chris-brick@hotmail.com
“….hoy comienza mi vida una página más…” “….es la historia de siempre…” léase tarareando a los Cadetes de Linares.