Pretextos

 en Jorge Valencia Munguía

Jorge Valencia*

Los mexicanos somos notables inventores de pretextos. Todos tenemos un cuento fantástico en ciernes, listo para narrarlo en el momento preciso. El objetivo consiste en demostrar nuestra inocencia bajo cualquier circunstancia. No somos culpables de nada. El destino confabula en nuestra contra y merecemos la indulgencia de quienes nos rodean y la redención ante cualquier sospecha.
Para justificar un retardo, nuestra imaginación ha ponchado más llantas de cuantas jamás se hayan fabricado. Es un clásico aplicable a cualquier situación. Pero las llanteras móviles y los teléfonos celulares ponen en entredicho la veracidad del argumento.
Cuando ése no resulta verosímil, está el fallecimiento de la abuelita. Hay quienes tienen en su haber el sepelio de más de diez abuelitas, con la consecuente monserga de tener que dar detalles ante el interrogatorio del jefe, del maestro, de la esposa.
El pretexto más escueto es el que más hondo cala: “no sé”. Llevar a cabo un acto sin saber el porqué aduce a una controversia mental. Sólo los oligofrénicos hacen algo sin saber por qué. De manera que se trata de un pretexto ontológico en el que el ser ha perdido la noción de sí y, por lo tanto, no queda valor para la inquisición moral. Los zombis no participan de los parámetros éticos.
Conviene elaborar machotes de pretextos para ocasiones varias. El beso pintarrajeado en el cuello de una camisa se debe a que el portador prestó la camisa al amigo de oficina cuya prolijidad sexual es conocida por todos.
La eficacia de los pretextos depende de los detalles que adornan el argumento central. Como las mentiras y las novelas, los pretextos pasan son veraces cuando se describen colores, olores, texturas que provocan connotaciones vívidas en los interlocutores. Y una gracia innata para contarlo.
Un mentiroso no necesariamente es capaz de ofrecer pretextos convincentes. El éxito de un pretexto depende principalmente de la excepción. El que siempre llega tarde, no merece credibilidad, aunque eventualmente alguna vez sea cierto que lo asaltaron en el Oxxo. Por el contrario, al puntual se le admite cualquier pretexto, aunque se trate de una abducción extraterrestre.
Los pretextos se convierten en joyas literarias cuando recurren al lenguaje figurado. Cuando arrancan la empatía y provocan el interés de quien los escucha.
En un mundo donde ocurren cosas increíbles, a veces basta con decir la verdad:

• Di una vuelta prohibida.
• O:
• Necesito que alguien me ayude a gobernar.

*Director académico del Colegio SuBiré. jvalenci@subire.mx

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