Presidente trompetas II: el epílogo

 en Jorge Valencia Munguía

Jorge Valencia*

En medio de un vergonzoso escándalo político, el presidente de Los Estados Unidos se despide de la Casa Blanca con la imagen de anacronía y vulgaridad que sostuvo durante todo su cuatrienio. Las últimas dos semanas las transita con el aura pública de un loquito.
El país que asume la postura de adalid de la democracia mostró al mundo los videos de un Capitolio vandalizado por fascistas arengados por el propio líder del Poder Ejecutivo bajo el argumento de una supuesta injusticia en el escrutinio de los votos.
Después de convocar al asalto de la sede del Poder Legislativo, donde algunos fanáticos que exhibían la bandera Confederada perdieron la vida, el presidente sufrió la debatible pero comprensible censura de sus redes sociales. Se puede decir lo que sea, pero no sin consecuencias.
Se trata del colofón a una administración de opereta que demuestra que la democracia también admite desequilibrados en los cargos de elección popular, aún en el de mayor envergadura. El incidente no llega al resquebrajamiento sino a la confirmación de que el sistema político de esa república soporta a cualquiera. Hasta a radicales de posturas recalcitrantemente indefinidas y violentamente absurdas.
La transición se dará con un amplio grupo resentido y en espera de manifestar su oposición ante cualquier pretexto, como soldados del odio y mártires de la banalidad.
El resumen de su mandato se reduce al chovinismo con el que despertó a los ciudadanos que añoran un país que no cabe en el siglo XXI y una sociedad sustentada en privilegios raciales. La tierra de oportunidades convertida en circo de amenazas y comedia gracias al discurso incoherente de un líder sin ilustración, pero con fans dispuestos a todo, como quedó demostrado.
También quedó demostrado que Facebook e Instagram pueden marcar la diferencia en la opinión pública y que las palabras adecuadas en los lectores correctos pueden sustentar una presidencia. Pero no para siempre. Las instituciones garantizan la continuidad. Por eso los dictadores se encargan de desmantelarlas como una prioridad. La mayor evidencia del desequilibrio mental del mandatario saliente es ésa: en medio de su megalomanía, se creyó el redentor de la patria. El ungido.
Sus allegados, con un poco de cordura, en el momento clave le dieron la espalda y no le quedó más remedio que reconocer su derrota.
La única moraleja que cabe es que no hay mal que dure más de cuatro años ni oligofrénico que lo perpetúe. Nadie extrañará a ese hombre.

*Director académico del Colegio SuBiré. jvalenci@subire.mx

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