Pelo
Jorge Valencia*
En una sociedad donde la banalidad adquiere estatus constitucional y de derechos humanos fundamentales, el pelo es signo de identidad. Un pelo descuidado y con orzuela demuestra a una persona displicente, desinteresada de sí y, por lo tanto, poco o nada dispuesta a vincularse con los demás. En cambio, una cabellera cuidada a base de aceites nutricionales y champú aromático da cuenta de alguien que pretende fusionarse con el mundo, con los otros, con las nobles costumbres.
El pelo “es” la persona. Puede tantearse su carácter y sus hábitos. Su concepción estética y sus límites ontológicos. Todos tenemos el pelo que podemos, no el que queremos. Algunos, incluso, carecen de éste. Pero también la alopecia significa algo: austeridad, ausencia de vanidad, resignación.
Cuando se tienen los recursos, el tiempo y el orgullo necesarios, la ciencia capilar ofrece injertos minuciosos que liberan a los pacientes de complejos.
Cuando la osadía no rebasa los límites, aún cabe la posibilidad de un tinte, un permanente o unas extensiones de cabello prestado. En caso extremo, peluca.
Pero alguien con una peluca puesta es alguien impostado que finge una identidad que no merece. Se trata de una hipocresía estética. El ardid siempre concluye cuando se descalza del postizo.
Como no se trate de Sinead O’connor, nadie experimenta un sueño erótico con una mujer calva.
Un hombre calvo, en cambio, es un hombre sin complejos. Resultado de la herencia y el estrés, la calvicie masculina fue resignificada por Kojak, serie policíaca de los años 70. En las generaciones jóvenes, por Michael Jordan y otros astros del deporte que prefieren el rape a una cabellera inconstante.
El pelo largo de los hombres se asocia con la juventud y con la rebeldía. Quién sabe si así lo tuvo, pero la imagen de Jesucristo no sería lo mismo con el pelo corto. El Che Guevara y los futbolistas de épocas ya ocurridas adquirían un tono épico cuando metían un gol o hablaban del capitalismo mientras el viento les alborotaba la greña. Los contadores públicos y los políticos dicen todo lo que pueden con el silencio de su falta de pelo.
El carácter de Afrodita le viene del largo de su pelo. Las mujeres más atractivas lo usan suelto. Apelan a la perfección de sus facciones las que lo prefieren corto. Engomado, más.
La tendencia actual es el corte constante de volcán de pelos. Las orejas descubiertas (tal vez para oír mejor) y una rueda de cabello en la parte superior de la cabeza, como fraile al revés. Como Beto y Enrique de Plaza Sésamo.
Las estilistas de todas las peluquerías se valen de plantillas imaginarias para repetir cortes que igualen el aspecto de sus clientes, de modo que todos se parezcan entre sí. Tal vez a eso se refiera la equidad entre los hombres: vestirnos igual, comportarnos, parecernos como las hormigas. La civilización queda reducida a la domesticación de nuestros pelos a un arquetipo universal.
*Director académico del Colegio SuBiré. jvalencia@subire.mx