Ojos III

 en Jorge Valencia Munguía

Jorge Valencia*

En calidad de ventanas del alma, los ojos requieren un mantenimiento que garantice su transparencia. Las almas no transmigran a través de cataratas polutas.
Los ojos almacenan la memoria de las cosas vistas. Por eso hay imágenes desgarradoras que ya no asombran: los medios audiovisuales tienden a banalizarlas a través de la repetición y los chistes. La civilización contemporánea ha logrado reducir la percepción de la vida a los canales oculares. Las noticias sólo son verosímiles si se muestran de manera fotográfica. Nuestra cultura de la imagen ha ocasionado perniciosamente la mutilación de los demás sentidos: lo que no se ve, no existe.
El efecto provocado es la cultura de la apariencia. Una persona vale por lo que parece. El cuello blanco y la corbata legitiman una profesión e inspiran una confianza mayor a la de un motociclista tatuado. En el imaginario colectivo es preferible una mujer acuerpada que una inteligente o compasiva. El canon de belleza son las princesas estúpidamente bonitas del imperio Disney.
También el ser puede fingirse con la ropa correcta y el peinado oportuno. Un artista es exitoso si cumple con el estereotipo. Visto así, sólo los ciegos son capaces de identificar la autenticidad de una persona.
Como escaparate existencial, únicamente caben los que se muestran. Facebook es el universo donde la identidad se justifica por la aceptación de las condiciones de una cuenta. En esa realidad paralela, los perfiles se exhiben como el catálogo de los que son. Únicamente las convicciones iconoclastas o la miseria se excluyen en el gueto de lo marginal. La vida ocurre entre esquemas binarios: en la red se establecen los vínculos, se externan las opiniones y se definen las posturas. Los lugares son comunes y los memes, referencias. En ese planeta virtual habita el ser discriminado. Fotos trucadas o bajo ángulos imposibles donde el tímido es elocuente y el loco, interesante. El paradigma de la impostura sobrecalifica las virtudes de avatares del cinismo y el complejo.
Todos suben un video y lo distribuyen para que otros vean los caprichos impuestos, los gustos histriónicos, la sofisticación preferida. Uno se construye para los otros.
Fuera de la red la vida ocurre en blanco y negro, en un tiempo remoto e indefinido donde el sol es un astro exótico y la vegetación, ambientación límbica.
Los ojos sin internet son ojos aparte. Aptos para una realidad sin conceptualización, sin enfoques ni planosecuencias dirigidas. La vida silvestre donde una flor ofrece sus milagros olfativos, virtud que aún no puede compartirse a través de un mensaje de WhatsApp.
Sin la brillantez de la pantalla ni la ilusión de los pixeles, las imágenes son más compatibles con los ojos: sólo miran lo que existe, sin clasificaciones arbitrarias ni demostraciones maniqueas. Ahí, la vida es más simple, más lenta. Más cruel.

*Director académico del Colegio SuBiré. jvalenci@subire.mx

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