Noche buena

 In Jorge Valencia Munguía

Jorge Valencia*

El Niño Dios es paliativo de una paternidad responsable. El acierto ante la elección de lo pretendido por sus hijos justifica sus yerros en la crianza del resto del año. Más que el costo, la bicicleta cromada demuestra qué tanto el regalado es reconocido y querido por sus padres. No necesariamente la tablet amerita la medalla. A veces el empaque es más significativo que el contenido.
El mundo laico ha desplazado a los Reyes Magos y al Niño Dios de la temporada, sustituyendo la alusión bíblica por un mito anclado en el consumismo. Santa Claus da regalos, sólo para eso sirve. El afecto cuesta y la miseria se paga con la ausencia de cariño e ilusión. En una época sin fe, las muñecas que lloran tienen el prestigio de una compensación existencial. Sólo es soportable la Navidad con la presencia de niños. Y a los niños sólo se les tiene contentos con regalos. En su ausencia, la cena del 24 es una cena cualquiera. Tiene -la cena- el poder de provocar la culpa. Los hijos que no acuden justificarán sin éxito el resto del año su desdén. Cuando sus padres falten, recurrirán a mil maneras de encubrir el remordimiento.
La Navidad finge la nieve y el frío que las postales extranjeras han definido a través del colonialismo cultural. En el trópico, Santa Claus es un símbolo de la carencia. Sus abrigos demuestran que ese personaje no nos pertenece.
A pesar de ser endémico, para nosotros, el pavo es una novedad narcoléptica. No estamos acostumbrados a los guisos secos. El pavo da sueño. En Guadalajara, ciudad del caldo, es más afín el pozole. Pero Navidad obliga excentricidades y pavo relleno deglutido con tortillas. Y café como antídoto.
Hace mucho que el pulque cedió al advenimiento de la sidra, sustituto asequible de la champaña. Los brindis con refresco de cola recuerdan que vivimos en un país que suple la carencia con azúcar. Sólo al jefe de la casa se le ocurre un discurso coherente, casi siempre con pausas excesivas y anécdotas incómodas, mientras alguna tía lo secunda. El resto de los asistentes hace chistes de la situación para disimular las emociones. En la cultura de “aquí nomás mis chicharrones truenan”, el lenguaje sensiblero (a veces sólo el lenguaje sin adjetivos) se soslaya a través de las bengalas, la música de mariachi con sus trompetas sobradas y los foquitos mal puestos en el árbol.
Las experiencias que mejor recordamos son las que nos obligan a la activación de todos nuestros sentidos. Por eso la Navidad sabe, se ve, se oye y se olfatea. Con los abrazos se completa el ciclo: tocamos cuerpos. El oro, el incienso y la mirra se permutan por una envoltura de renos, pólvora y nieve falsa. Pedimos posada en un mundo que nos repele.
Festejamos otra noche buena.

*Director académico del Colegio SuBiré. jvalencia@subire.mx

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