Mundial
Jorge Valencia*
Cada cuatro años, un puñado de naciones europeas renuevan su hegemonía político-económica sobre el resto de los países del mundo a través de la banalidad de un torneo de futbol. El Mundial reúne a las selecciones nacionales del deporte más popular en una guerra sin armas, con reglas escritas y un desenlace esperado que sólo son capaces de exceptuar, a veces, los argentinos y los brasileños.
Por tercera vez, México será sede. Pero en esta ocasión, su protagonismo organizativo será menor. Sólo se jugarán unos cuantos partidos en nuestro país. Nuestra selección jugará de local durante la primera ronda, acaso la única que juegue.
Los países que no ganan –que son la mayoría– fincan sus esperanzas en el milagro de rivales que salgan en un mal día, árbitros que se equivoquen a su favor y jugadores propios que jueguen como si fueran extraños.
En algún punto, el futbol se convirtió en una estrategia de poder. Sólo ganan los poderosos. Inglaterra, Francia, España, Italia y Alemania comenzaron importando talento sudamericano o africano y terminaron imponiéndoles a los jugadores comprados su estilo: garra, aptitud físico-atlética, la negación ontológica de la derrota. Para ellos, el futbol es un deporte que sólo tiene sentido si se gana. Por eso los estadounidenses cada vez están más cerca de la élite. Luego de varias décadas de acaparar el mercado de piernas, lograron que Brasil juegue como el Real Madrid o el Manchester: todos sus astros pertenecen a clubes de Europa. No es raro que, por primera vez en su historia, un entrenador italiano maneje al “scratch du oro”.
Todos los equipos juegan igual. Unos mejor que otros. El prototipo contemporáneo del futbolista es la criatura del doctor Frankenstein con el talento de Speedy González, la longevidad de Dorian Gray y la apostura de James Bond. Cristiano Ronaldo vende más camisetas por guapo que por bueno. Le paga lo mismo a su fisioterapeuta que a su cirujano plástico.
Hoy por hoy, los italianos tienen el peor equipo. Llevan tres mundiales sin clasificarse. Su ausencia en el Mundial empieza a convertirse en costumbre, en la misma paradójica proporción de México que, sin haber ganado nunca nada, casi no falta al torneo. Somos malos, pero constantes.
El último producto de la mercadotecnia es Messi, en proceso de retiro. Se trata de un argentino hecho en España; virtuoso limitado cuyas hazañas se engrandecen con el “close-up” y las repeticiones en las redes digitales que no tuvieron Pelé ni Cruyff. No se diga el Mágico González, Hugo Sánchez… y el propio Maradona.
El futbol es un espectáculo donde el fin justifica los medios. Mientras se gane, no importa cómo. Aunque se meta un gol con la mano o se finja una falta que no se recibió.
En nuestro tercer mundial seremos otra vez testigos de una selección –la nuestra– capaz de perder con honor. Los de siempre –los dueños del balón y de los contratos de los mejores jugadores del mundo– volverán a demostrar que el negocio permite la exaltación de las pasiones para que ganen los mismos.
*Director académico del Colegio SuBiré. jvalencia@subire.mx
Perder con honor: refugio de quien sabe que compite sin los recursos necesarios para aspirar al triunfo. Morir en la raya: paradigma de protección de la dignidad del desposeído de siempre. En todos los ámbitos.
¿…y si dejásemos de competir?