Morir un poco cada día: el desvalorizado trabajo del docente
Marco Antonio González Villa*
No hay aquí una explicación desde lo biológico, porque resultaría inútil. No, la idea es tratar el tema desde las sensaciones y las significaciones que puede, como posibilidad, experimentar un o una docente a lo largo de su vida. Y hablar entonces de morir un poco cada día me lleva a encontrar e identificar dos experiencias en las que se vive una suerte de morir siendo poco valorado lo que uno fue o es aún.
La primera proviene del lado de lo institucional, en donde se genera una sensación de inutilidad de la labor desempeñada que puede ser constante, ya sea en su dimensión temporal o en su condición invariable, y la descalificación y la desvalorización que vienen de la mano de señalar esta supuesta inutilidad de lo que uno hace es algo que impacta, en muchas ocasiones, en la autopercepción y las emociones de las personas, de las y los docentes. ¿Por qué? La docencia es una de las pocas labores con un profundo sentido ético, no porque otras profesiones no las posean, sino porque se busca directamente mejorar las condiciones y perspectivas de vida de cada estudiante, buscando formar y construir ideales y valores en cada uno, para su propio bien y el bien común. Que alguien entonces, ya sea presidente, gobernador, secretario, supervisor, director, padre o madre de familia, diga que lo que uno hace no sirve desde sus inválidos u no objetivos criterios, cuestionado desde la ignorancia, es algo que le roba el sentido a la labor cotidiana. ¿Para qué hago esto entonces?, ¿de qué sirve?, ¿no deberían ser mis estudiantes quienes cuestionen mi labor? Muere entonces el espíritu, el ánimo, el entusiasmo, sobre todo, precisamente, si el ataque es constante.
La segunda viene con la falta de voluntad para aprender de los y las estudiantes, ligada a la falta de significatividad de la escuela y la docencia. Desde los niveles básicos hay un esfuerzo compartido por cada docente para motivar e incentivar la lectura, así como formar valores y escenarios de paz y sana convivencia; sin embargo, vemos una proclividad de las nuevas generaciones a consumir contenido vacío en redes sociales e internet, un desinterés por la lectura y la escritura y un incremento en los niveles de agresión y violencia por parte de niños, niñas, adolescentes y jóvenes, que no se aprende en clases, viene como educación informal directamente de las familias, las calles o las amistades, que terminan siendo más significativas; se vive una lucha que pocas veces se gana. Y lo que no es significativo se olvida con mayor facilidad y lo que se aleja de la memoria muere en sus recuerdos, en su pensamiento. En este sentido, cada docente vive sabiendo que morirá en los recuerdos de muchos y muchas de sus estudiantes.
Quien le da vida a la labor docente es la mancuerna docente-estudiantes; es una relación que se debe fortalecer, vivificar, y no generar condiciones que lleven a que un, una docente piense en su muerte laboral por ya no tener fe en sus logros, en sus alcances, en su labor, en quien es por ver diluida su identidad y el sentido de su ser docente.
La muerte es algo imparable, inevitable y el cierre del ciclo de la vida, laboral en este caso: algunos dirán “así al menos mueres de a poquito”, pero eso no evita que duela: es sólo una adversidad más de ser docente, lo cual sólo nos da mayor fortaleza. Así es la vida del docente, paradójicamente cercana a la muerte; interesante, ¿no?
*Doctor en Educación. Profesor de la Facultad de Estudios Superiores Iztacala. antonio.gonzalez@ired.unam.mx