Milagro tecnológico

 en Jorge Valencia Munguía

Jorge Valencia*

El teléfono celular es un milagro tecnológico que permite hacer invisibles a las personas cercanas y aparecer a las que están lejos.
La escena icónica del siglo XXI es la de una pareja de enamorados, frente a frente, chateando cada quién por su lado. El amor se ofrece en lapsos y se confirma en el estado de Facebook.
La sutileza de la mercadotecnia ha generado que las cafeterías contemporáneas ofrezcan la comodidad de sillones sin una constante en los que nadie convive con nadie. Los intrincados enchufes y la red de Wifi propician que los parroquianos establezcan conversaciones digitales con interlocutores localizados a 5 kilómetros de distancia. Si el servicio de transporte público inventó las asambleas de solitarios en espera de su destino, la telefonía celular ratificó el desinterés comunitario en favor de la estrechez de vínculos satelitales. Nuestra cercanía es espacial. Google Maps permite localizarnos en cualquier parte del planeta gracias a la existencia de los satélites. Lo que no puede es fomentar la compasión ante alguien afligido por la soledad.
El mejor regalo que un padre puede darle a su hijo adolescente es la renta mensual de un teléfono, con redes sociales ilimitadas y servicio de internet para no tener que enfrentar una conversación incómoda. Basta la escritura ideográfica originada desde los pulgares para concentrarse en algo que va más allá de la torpeza paterna. Antes, era suficiente la respuesta “bien” a la pregunta “¿cómo te fue en la escuela?” Hoy sólo se necesita un emoticono para confirmar que un hijo todavía respira.
Los teléfonos celulares también sirven para hablar por teléfono. La verdad de Perogrullo resulta pertinente para las generaciones que no tienen con quién hablar. Y cuando tienen con quién, no tienen de qué. El teléfono “inteligente” tiene más capacidad que la computadora con la que el hombre llegó a la luna en 1969. Las aplicaciones (se cobran aparte) ofrecen desde un juego de destreza hasta un controlador de la salud que mide los pasos que el portador emprende; los escalones que sube, los latidos del corazón. Hace mucho que el teléfono dejó de servir para hablar con otros. Por sí solo puede ofrecer conversaciones con el portador. Llegará el día en que el teléfono dé consejos morales, orientación vocacional, terapia psicológica… No estamos tan lejos. Si tiene la capacidad para abrir páginas que el usuario no escoge, guiado por la memoria de sus preferencias, tendrá la habilidad para hacer una pregunta íntima: “¿cómo te fue el día de hoy en la escuela?” Los hijos del futuro responderán que “bien”. Luego dirán “gracias” en la forma más simple del fracaso humano. Ahí ocurrirá otro milagro tecnológico, menos evidente, apenas perceptible: ese día, la paternidad al fin quedará obsoleta.

*Director académico del Colegio SuBiré. jvalenci@subire.mx

Comentarios
  • MARCÓ ANTONIO GONZÁLEZ VILLA
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    Un texto sumamente realista. Por qué muchos dedicados a la docencia vemos el “milagro” pero otros sectores no? Claro, porque vemos y convivimos con los alumnos. Un texto inteligente que esperamos haga eco. Gracias

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