Médicos II

 en Jorge Valencia Munguía

Jorge Valencia*

Más que un mal necesario, los médicos son un bien prescindible. En un país donde la consulta con un especialista equivale a diez salarios mínimos, la solución es el Seguro Social –quienes están afiliados– o la medicina alternativa: todos conocemos a un administrador de empresas que coloca balines en las orejas. Y a un doctor del IMSS que por las tardes conduce un Uber.
Los médicos son raza aparte. La especialidad es un pasaporte al triunfo, que en términos locales equivale a la instalación de una clínica (es decir, una cama inteligente, una secretaria que agenda citas y un “block” de recetas con la cédula profesional). Los menos favorecidos trabajan medio turno en hospitales del Gobierno, donde practican cirugías de apéndice a pacientes de amigdalitis.
Los más notables son cirujanos plásticos. La frecuencia de las operaciones les alcanza para el pago de la membresía al club de golf, donde reclutan pacientes con el tabique desviado y mujeres mayores con “arrugas gravitacionales”, opositoras de la física y partidarias de la eterna juventud. Meten cuchillo como comer chocolates.
La medicina es una ciencia práctica que se depura con diagnósticos erráticos. La estadística prefigura curas a partir de defunciones masivas. Los laboratorios se guían por la máxima de los menores insumos para las mayores ganancias.
Los que saben, advierten que se requieren tres dosis de medicamento nacional para igualar los resultados de las pastillas importadas.
Tal vez por eso los médicos escriben recetas con garabatos confusos que las ansias del paciente interpretan bajo el criterio de su propia dolencia.
Se sabe de clientas (algunas son famosas) inyectadas con aceite automotriz; y otras, diagnosticadas con tumores venéreos que a los nueve meses merecen un bautizo.
En todos los países, los doctores son tratados con el respeto y la admiración que amerita alguien capaz de nombrar con raíces grecolatinas las partes del cuerpo, y recordar los nombres galimáticos de las medicinas recetadas.
No sufren remordimiento al tratar la conjuntivitis como glaucoma ni la depresión como aneurisma. Se pasean por los hospitales como auténticas celebridades. Echan rostro. Sonríen y saludan con palmas frías y cobran con el decoro de una profesión sacrificial.
Asisten a congresos donde calculan con la cartera los años que faltan para hallar la cura del cáncer. Dictan entre ellos conferencias y participan en conversaciones colegiadas para obtener un diploma que luego ostentan con pulcritud de oficina.
Aunque no lo apetezcamos, nuestras entrañas estarán tarde o temprano en sus manos. Quiera Dios que ese día se equivoquen.

*Director académico del Colegio SuBiré. jvalenci@subire.mx

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