Los delitos y la educación

 In Miguel Bazdresch Parada

Miguel Bazdresch Parada*

¿Existe una relación importante entre la educación y los delitos? A primera vista, cualquier persona puede calificar a los delincuentes como ignorantes y seres con mala educación. Aquellas reprimendas de los padres/madres a los hijos: “Niños, no sean malcriados con…” y aquí se pueden insertar a los parientes, los amigos, los/las ayudantes en casa y algunos otros. También se oye en las casas: “No seas maleducado… saluda a tu tía”. Así, se puede decir que la educación familiar ayuda al buen comportamiento de los miembros de cada familia.
Desde luego, la bolsa donde están esos comportamientos puede ser de mucho peso o de poco. Esto según el modo particular de ser de las familias, sus creencias y tradiciones. Ese modo de ser se formaliza mediante la educación, desde luego la familiar y también la escolar, pues algunos de los padres envían a sus hijos/as a planteles que presumen de una rigidez militar o mayor aún. Otras familias escogen el mismo colegio al cual asistieron los padres y sus hermanos. Otro grupo, quizá más ocupado en las tareas del diario vivir, no le importa sino la sola asistencia a la escuela o plantel más cercano al domicilio, y no abriga ninguna expectativa particular como fruto de tal asistencia.
Lo sorprendente es observar la permanencia de esas ideas antes expuestas a pesar de las muy pocas ocasiones en las cuales se cumplen esos deseos de “buena” educación. No hay un estudio en el cual se compare los años de escolaridad, los niveles de aprendizaje y los conocimientos logrados con el comportamiento fuera de la ley o delictuoso de los sujetos. Sin embargo, sólo hay que mirar los periódicos y las revistas para encontrar a los más educados en flagrancia de impostores y malversadores de fondos e ideas. Y al mismo tiempo encontrar en altos puestos en la industria o en el gobierno a personajes de familias modestas o aún en pobreza.
Por otra parte, sin duda la gran mayoría de las personas, educadas en su familia, en las escuelas y universidades, se comportan dentro de la ley y hacen su vida, riqueza si alguna, y sus logros dentro de las disposiciones legales aplicables. También es notable una minoría que apuesta a ganar la carrera a la ley, pues no la toman en cuenta apostando a que nadie se dará cuenta, pues la burocracia está sobrepasada y no se ocupa de unos cuantos seres menores. Y una minoría más pequeña, quizá no menos de una centena de familias, tan ricas en dinero y poderosas en influencias que transgreden y se burlan de las leyes, curiosamente con base en sus conocimientos. Nadie se atreverá a tocarlos.
La educación de las personas surge del interior de cada persona humana. Los padres, parientes, amigos; los profesores, científicos, sacerdotes; los jefes, los compañeros, los ayudantes… son quienes nos ayudan a vivir situaciones educadoras y a suscitar aprendizajes para aplicarlos en la vida, tanto la de todos los días como las excepcionales y únicas. Las experiencias buenas, regulares o malvadas se presentan como insumos de nuestra capacidad de convertirlas en inolvidables aprendizajes y, al mismo tiempo, se pueden convertir en olvidables.
Educar son procesos múltiples, variados y complejos. Sólo la persona es capaz de obtener de esos procesos complejos un fruto, una afirmación, un quién soy hasta llegar a un soy. Si preguntáramos a un gran científico y a un gran delincuente sobre su proceso educativo, lo fácil, lo difícil, lo inútil; por sus logros y su satisfacción, quizá sólo nos encontraríamos elementos muy parecidos, decisiones igual de complejas y satisfacciones a veces convertidas en frustraciones.
No hay modo de achacar a la educación el triunfo o el fracaso del estudiante, supuesto que no se ha incurrido en manipulación para un lado o para el otro. Nos educamos con la ayuda de personas, procesos, experiencias y juicios; con experiencias escolares o de la vida práctica; con lo que somos capaces de hacer, de edificar, de defender y de promover.
Así, es difícil afirmar sin trabas la capacidad de la educación para evitar el delito y los delincuentes. Igual de imposible es afirmar una educación promotora de delincuentes. Delincuente o persona de bien es, al final, decisión y hechura del sujeto. Por tanto, los educadores han de colaborar, como misión fundamental, a poner frente a los estudiantes todos los elementos para decidir por la libertad, la justicia, la igualdad, el respeto, el bien común, la solidaridad y la responsabilidad.
Nada fácil y no imposible.

*Doctor en Filosofía de la Educación. Profesor emérito del Instituto Superior de Estudios Superiores de Occidente (ITESO). mbazdres@iteso.mx

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