Lograr personas educadas
Miguel Bazdresch Parada*
Educar y educarnos es una tarea personal y colectiva muy apreciada. Si preguntamos a cualquier persona con la cual nos encontramos y le hacemos la pregunta de cuáles son los tres logros de una persona para considerarla en el grupo de personas notables, es segura la mención entre los tres logros de una buena educación o una persona bien educada.
¿Es difícil lograr esa meta? ¿Qué, cómo y cuándo necesitamos hacer o tener para conseguir ese propósito? ¿Se trata de tener o de ser? ¿Se trata de un autoconcepto o de una apreciación de la sociedad? ¿Pensamos en la dificultad para lograrlo y por eso ni siquiera nos fijamos en cómo se logra, aunque lo tengamos enfrente o en casa inclusive? ¿Es un logro personal y por eso no es necesario que sea igual al logro de otra persona?
Hoy, cuando un grupo de maestros está en la calle en demanda de beneficios económicos, parece necesario recordar la importancia para una sociedad, cualquiera, incluso para la nuestra, de vivir y convivir entre personas educadas. ¿Cuáles son los rasgos de una persona educada? Por lo pronto, ya sabemos que las personas educadas pueden serlo por dominio de rasgos diferentes o aun diversos y antagónicos. No todos los educados logran lo mismo o dominan lo mismo. Puede dominar diversas características. Capaz domina algunas iguales y otras desiguales, de modo que entre educados se tienen rasgos semejantes y otros diferentes.
Según una corriente filosófica, una persona es educada cuando se conoce a sí misma. Y así, conoce sus límites, sus capacidades y sabe cómo usar sus capacidades para luchar en disminuir sus límites; no obstante, no lo logra o lo consigue parcialmente. Una variante propone el ser educado basado en el dominio de las artes, o de las ciencias, o aun de las habilidades. Otra variante se fija en la capacidad de resolver problemas humanos, de las personas, de las sociedades o aun de la naturaleza en cuanto tal.
El lector amable habrá caído en cuenta de cómo en el párrafo anterior se puso la respuesta en la persona y, al avanzar, se incorpora a la educación la respuesta a las necesidades de otros humanos (es eso que llamamos sabiduría). Así se genera otro acercamiento. El ser educado es quien es capaz de darse cuenta de los problemas o las necesidades de otros y decide ayudar, no con recetas, indicaciones u obligaciones, sino con el silencio, ese silencio capaz de mover al interlocutor hacia sí mismo y encontrar un principio de respuesta a sus necesidades, en su propio discurso, sus motivaciones para decir algo y no decir otro algo, sus pensamientos dichos ante el ser educado y sus pensamientos no dichos… toda materia capaz de regresar a la conciencia de quien está siendo ayudado, cuando se imponga el silencio. La ayuda del educador no es resolver el problema de su interlocutor, aunque se le aparezca a su conciencia, sino lograr precisamente el silencio, el cual hace posible que la persona en problemas recuerde y reubique lo dicho al educador y lo no dicho. El silencio de ambos, empezando por el educador, llevará al problematizado a encontrar en su discurso y, sobre todo, en lo no dicho, no la solución desde luego y sí el principio de las acciones, las cuales le llevarán a resolver problema y vida.
Supongamos un educador en una clase de matemáticas (puede ser cualquier clase), la cual comienza con pedir a los estudiantes que lean una parte específica de su libro de texto de matemáticas, en la cual se describe el método para solucionar un problema que pide resolver una ecuación. Y además, el libro pone un ejemplo de solución de esas ecuaciones. Lo normal es pedirles a los estudiantes que, después de la lectura, escriban en el cuaderno personal la solución al ejemplo del libro.
En la revisión de los cuadernos se encuentra con uno casi en blanco y rayones sin sentido. Con ánimo, el profesor le pregunta: “¿Cuál es tu solución?” (No le dice que está mal porque hizo esos rayones, etcétera). El joven se sorprende y dice: “Porque no sé qué hacer”. El profesor pregunta: ¿Cuál es la pregunta que te piden responder? El estudiante se sorprende y le dice: “pues pide el valor de X”. ¿Y qué te ofrece el libro como ayuda para obtener ese valor? “Pues un quebrado y un valor”. Oye, ¿qué tiene ese quebrado para ayudarte, te ofrece algo? “Sí, responde… una división”. Pues divide, exclama el profe. “El estudiante transforma el quebrado en una división típica y realiza en voz alta el detalle de la operación” y encuentra el valor de X. Ahora el profe le pregunta: ¿qué hiciste? El estudiante responderá recordando lo que hizo: Descubrió qué le preguntaban, decidió cómo podía responderse la pregunta usando sus saberes, obtuvo el resultado y resolvió el problema… y aprendió un procedimiento y, sobre todo, la clave: ¿Qué pregunta la pregunta?
Y el profesor aprendió a pedir lo que educa, no otra cosa. Aprendió a pedir a los estudiantes lo importante: “hacer tuyo” el problema y “leerlo como lo que, a ti, estudiante, te piden”. Sea un libro de “texto”, un libro cualquiera, o una pregunta, petición del profesor.
Lograr personas educadas pasa por hacerse educado y no sólo alumno. Fácil aunque raro.
*Doctor en Filosofía de la Educación. Profesor emérito del Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Occidente (ITESO). mbazdres@iteso.mx