La pedagogía del virus

 en Jorge Valencia Munguía

Jorge Valencia*

El virus nos recuerda la fragilidad de nuestra existencia. El ciclo de la vida que desemboca en la muerte por la que todos atravesamos sin remedio. También nuestra capacidad de organización y la valentía para enfrentar la adversidad. Nadie se salva solo. En la crisis brota lo mejor y lo peor de nosotros. Nuestra esencia nos alcanza.
Ya ocupamos el tercer lugar en muertes de coronavirus, sólo rebasados por Estados Unidos y Brasil.
Mientras que los norteamericanos son capaces de vacunar alrededor de millón y medio de personas al día, nosotros apenas llegamos a 50 mil. A este ritmo, estaríamos inoculados hasta el año 2023.
La apuesta de Estados Unidos es conseguir la defensa biológica de sus habitantes antes de concluir el año; la nuestra, el cese mágico de los contagios.
Nuestra vacunación está poblada de política y burocratismo. Las dosis no alcanzan para las personas de la tercera edad, quienes hacen largas e inútiles filas sólo para que un “servidor de la nación” les diga que se acabaron las vacunas. O peor: que ese día no se vacunará a nadie.
Estamos tan acostumbrados a la incertidumbre que no nos extraña la falta de información ni la organización fallida de los servidores públicos. Hacen lo que pueden. pero pueden poco y mal.
El cubrebocas sigue siendo una solución voluntaria. Condenada a la quiebra, nuestra economía, sustentada en el comercio, no tiene otra alternativa que ofrecer sus servicios. Los centros comerciales simulan medidas sanitarias y reciben a todos aquellos que están dispuestos a gastar.
Las empresas no tienen más remedio que correr el riesgo. La educación se debate entre clases a distancia en las que nadie aprende o asesorías presenciales en las que los niños se abruman.
No parece haber parámetros estructurados para contener la pandemia. Los gobiernos estatales toman decisiones bajo presión de los distintos grupos, de cara a las elecciones intermedias, para quedar bien con los votantes.
Como se veía venir desde hace un año, somos vulnerables a las soluciones fortuitas de quienes emiten las políticas públicas, así como de los representantes de los giros específicos obligados a reabrir sus negocios a punto de la quiebra.
Doscientos mil mexicanos ya pagaron el precio de su ciudadanía. Mientras tanto, la necesidad mercantiliza el miedo. La única lección valiosa oscila entre la temeridad y la imprudencia. La desesperanza adquiere denominación de origen.

*Director académico del Colegio SuBiré. jvalenci@subire.mx

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