La fiesta de la muerte

 en Jorge Valencia Munguía

Jorge Valencia*

En su día, los muertos salen de paseo. Los panteones abren sus puertas de par en par y se llenan de flores. Las familias asisten desde muy temprano y construyen los altares con pan y bebidas de todo tipo para darles la bienvenida como merecen: con cempasúchiles y papel picado, fotografías y calaveras de azúcar, copal, música de mariachi… ¡Que no falte la fiesta!
Entonces los muertos aceptan la invitación y conviven mansamente con los vivos. Se echan una de Juan Gabriel y otra de Lola Beltrán, un tequila y otro, un taco de chicharrón y un agua de horchata y brindan: salud para los vivos y para los muertos (sobre todo para ellos).
Ese día nadie le teme a la muerte. Hasta los niños saben que es cosa de risa. Se pintan la cara y la retan con chistes y con sustos pueriles. Las catrinas deambulan con sus vestidos largos de la mano de señores con sombreros de copa. Entre los disfraces se cuela algún original escapado de un cementerio sin llave. Es el Día de los Muertos. La frontera se expande bajo el hechizo de una invocación. Salen de los panteones y se pasean por las calles. Se suben a la banqueta y a los camellones y bailan antiguos bailes, entre coches y gente de a pie. Se suben a los árboles y se meten en las casas. Por todos lados se oye el barullo de los muertos como un rumor de júbilo. Los perros ladran con frenesí.
La gente no trabaja. Es ocasión de visita y pachanga. Los vivos se meten en los panteones como preparándose para lo inevitable. Piensan lo lejos que está. Lo cerca que no creen. Escogen una sombra y una tumba con epitafio. Ahí se acomodan con sus flores y sus guitarras. Reparten los tacos y cantan y rezan y beben y ríen y lloran un poco. Los recuerdos de algunos son las profecías de otros. Esos otros se incorporan. Caminan y bailan y cantan.
No existe una ley que lo prohíba ni una creencia que lo evite. Es así. En día de muertos los vivos se mueren un poco y los muertos reviven mientras haya alguien que aún los invite a venir. Es día de fiesta. La fiesta de la muerte. La vida es una vida a medias y la muerte también. Que tiren los cuetes, los buscapiés y las espantasuegras. ¡Que viva la muerte, señores!
Cuando el sol anuncia el final del día, los vivos regresan a su vida y los muertos, poco a poco, regresan a sus tumbas.
Queda una resaca. Una sensación de nostalgia… En los panteones se nombra lista. Habrá alguien que llegue tarde, alguien que pase con invitados y alguien que ya nunca regrese.

*Director académico del Colegio SuBiré. jvalenci@subire.mx

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