La Concordia
Jorge Valencia*
De poco sirve promover una regularización más detallada (algo ya existe) o la conciencia vial de los responsables, asalariados con poca seguridad y menos capacitación. La pipa de gas que explotó en La Concordia (nombre paradójico ante las circunstancias) mató a 30 desafortunados, hospitalizó a otros tantos y causó los correspondientes daños materiales. Hasta los perros callejeros padecieron la tragedia.
A todos conmovió la abuelita que pagó la vida de su nieta con su propia muerte. Con el cabello consumido por las llamas, quemaduras internas de gravedad y los jirones de las ropas pegadas al cuerpo, todavía tuvo las fuerzas para sacar a la niña en brazos y entregarla a un brigadista.
El hecho cobró repercusiones políticas inmediatas. La oposición aprovechó el envión para criticar el mantenimiento de las calles y la reglamentación de las pipas que conducen sustancias inflamables a través de la ciudad.
Como si el hacinamiento urbano combinado con la ambición de los gaseros particulares (camiones sin mantenimiento, choferes sin supervisión, horarios de circulación indiscriminados) no fuera una bomba de tiempo que estalló y se propagó bajo la forma de la negligencia.
La gente común —vecinos y apuntados— demostró su capacidad de compasión. Al poco tiempo del siniestro aparecieron los espontáneos con pan y agua, vehículos para el traslado de los afectados, teléfonos para la comunicación y aliento sin restricciones.
El gobierno de la ciudad empató los lamentos oficiales con el duelo cívico. Señaló culpables desde la obviedad y prometió refugio desde los fueros municipales.
Los accidentes son inevitables. La probabilidad de que ocurran depende de la normatividad y la previsión. Cuando la costumbre vulnera la anticipación del riesgo potencial, el desenlace es el ocurrido en La Concordia.
En un cuento breve contenido en “Historias de cronopios y de famas”, Julio Cortázar escribió el relato de un hombre cuyos lentes cayeron al suelo sin romperse; para evitar una desgracia, les compró un estuche protector. Con éste, los lentes volvieron a caer, pero esta vez sí se rompieron, a pesar de la protección. El milagro ocurrió ahora. La Providencia es inescrutable.
La tragedia de La Concordia demuestra nuestra vulnerabilidad. Lluvias que provocan socavones en terrenos donde corre tubería deteriorada, vehículos que transitan cargados de sustancias inflamables, cables de luz a la intemperie… terremotos, incendios, pandemias…
La tarea de las autoridades se sustenta en la sospecha y la anticipación. Los empresarios comercian con el riesgo. La población civil lleva a cabo sus actividades cotidianas en medio de la fe guadalupana y el azar laico. Todos estamos expuestos.
Etimológicamente, “corazón con corazón”, La Concordia conmueve, obliga una regulación más cuidadosa y una resolución mejor definida. Los ciudadanos tenemos derecho a transitar las calles de forma segura y a gozar del uso de los energéticos sin riesgo. Tal vez la palabra “mártir” quede corta. Los lesionados, incluido el chofer fallecido, serán el argumento de origen. Necesitamos estar protegidos.
*Director académico del Colegio SuBiré. jvalencia@subire.mx