Instrucciones para armar una silla china

 en Jorge Valencia Munguía

Jorge Valencia*

La primera recomendación es no atender el instructivo. Escueto y confuso, su propósito es provocar el fastidio como venganza cultural del pueblo que destinó una fortuna y una eternidad a la construcción de la mayor muralla conocida de la historia. Sus dibujos no obedecen a la realidad sino a la intuición no figurativa de un artista sin foro. O, por el contrario, se trata de un dibujante que cumple el protocolo sagrado de la hermenéutica oriental. Se colocan las piezas como un rompecabezas arcano. Se busca, sin conseguirlo, el nirvana. La única manera accesible es por prueba y error: atornillar y deshacer, previniendo –no siempre con éxito– el barrido de las tuercas. La operación puede incluir varios intentos. La temperatura del cuerpo se incrementa y los nervios se tiemplan. Se sugiere tener a mano paracetamol.
Inventores de la pólvora y la seda, la cultura milenaria de los chinos se actualiza en la producción en serie de productos que Occidente ambiciona. Por ejemplo, una silla. La divulgación de la sabiduría de un pueblo que descubrió la acupuntura se sublima mediante la venta en línea de artículos con defectos ocultos que valen la tercera parte de lo que cuestan los originales vendidos en los grandes centros comerciales. Tal vez los productos sean sólo el pretexto para introducir su erudición en la forma de instructivos. Objetos plásticos cifrados por mentes superiores, podrían tratarse de placebos diseñados con el propósito de rendir culto a dioses descontinuados. Sobran empaques y faltan piezas; los tornillos no se ajustan a las tuercas… Da la impresión de que la silla adquirida no fuera una silla. Que la compra nunca hubiera ocurrido y que el mundo no fuera el mundo. El armador enfrenta su propio destino.
Si se trata del ensayo fustigado por un demiurgo primigenio, la mayoría de los participantes fracasan en su intento. Sólo los necios y constantes se someten a un armado tras otro, echando mano de habilidades y competencias inéditas. En el proceso hay quienes se resignan a una silla sin respaldo o a un respaldo sin asiento. O bien, a un objeto indescifrable que decore la frustración de por vida.
El hartazgo parece el desenlace natural. El enfado. La comunicación imposible con alguien de otra dimensión: un vendedor mítico, un intermediario difuso.
Entonces ocurre el milagro: los pernos embonan, las piezas se acomodan con docilidad. Las tuercas abrazan a los tornillos entre vueltas naturales, nacidas para una cópula cósmica.
La sabiduría china una vez más se prestigia y actualiza. La silla se yergue como un emblema existencial. El comprador se sienta finalmente sobre varios siglos de erudición anatómica y filosófica. Oriente triunfa una vez más.
El instructivo se conserva como el pergamino de la condición humana.
Sólo se trata de una silla.

*Director académico del Colegio SuBiré. jvalenci@subire.mx

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