Hoyos
Jorge Valencia*
Los mexicanos crecemos en la cultura de los hoyos. Aprendemos a apreciarlos como parte de nuestra identidad. Los respetamos y los estimulamos. Un hoyo sólo adquiere su prestigio cuando fractura la suspensión de un coche. Entonces los espontáneos lo subrayan con obstáculos premonitorios, tablas que impiden el paso y, a veces, contienen mensajes soeces dirigidos al Ayuntamiento.
No existe una colonia prestigiosa que no cuente con un hoyo oportuno y reincidente que el chapopote disimula temporalmente, pero acentúa como una promesa por cumplirse. En temporada de lluvias reaparece como un primer actor después de vacaciones: con mayores bríos y un oficio irrefutable. El hoyo se mide por su tamaño y profundidad hasta adquirir la nomenclatura de socavón.
El socavón es un hoyo magnánimo en el cumplimiento de su destino. Muestra las entrañas de la tierra como una fruta abierta: es amenaza y es tentación. Hay que echar un ojo. Mirar el origen de la vida en la fusión de tierra y agua: el lodo germinal de la biología.
El socavón es un planeta rebelado que aspira al ejercicio pleno de su libertad, en contra de toda forma de urbanización.
La luna también posee hoyos que son cráteres, continuidad interplanetaria y demostración de lo que le corresponde del cosmos.
Enterramos a nuestros muertos en hoyos para regresarlos a la tierra. “Polvo eres y al polvo regresas”, decimos en un ciclo dramático donde la vida y la voluntad se reducen a la conjunción atómica de limo y lama. El ejército chino de Terracota, protector del emperador Qin Shi Huang, argumenta la contundencia de la animación del subsuelo. Venimos de la tierra y a la tierra nos dirigimos. De la tierra somos.
Los hoyos son respiraderos de la profundidad. Comunican nuestro interior: lo que somos sin saberlo. Piedras, raíces, lombrices en contubernio secreto.
Hay hoyos menores que rompen la continuidad de las esencias. Se instalan en la ropa vieja, las paredes persistentes, los corazones heridos.
Las relaciones humanas están plagadas de hoyitos, casi siempre imperceptibles, que interrumpen la lisura de los afectos. También ameritan resanes y afeites. Aspiran a la porcelana, a la textura contundente.
Pero existen hoyos irremediables, sin la susceptibilidad piadosa del enjarre, que provocan guerras, desavenencias, encono. No hay yeso posible ni empaste en relaciones interrumpidas por la profundidad de los hoyos cavados por siglos, odios, traiciones.
Los mejores hoyos son los hoyos en las mejillas de las caras sonrientes, donde beben agua los gorriones. Esos hoyos no son un producto genético, sino una consecuencia de las almas impolutas. Hoyos hechos para abrevar simpatía. No permiten cirugía ni predilección. Sólo brotan y congregan. Anuncian la redención.
*Director académico del Colegio SuBiré. jvalencia@subire.mx