¿Hay una responsabilidad docente en la construcción de la identidad de un estudiante?
Marco Antonio González Villa*
Decir que cada persona es única e irrepetible pareciera ser una obviedad; basta tener cierto nivel de desarrollo y maduración cognitiva para entenderlo. Entender esto es un a priori y es independiente de los rasgos de personalidad, características anatómicas o elementos identitarios que conforman a una persona.
Pese a la diferenciación que existe entre las personas, la identidad tiene dentro de sí un profundo y sustancial factor social que favorece su estructuración y construcción, lo que favorece precisamente la conformación de la sociedad, en donde se ofertan diferentes polos identitarios que son opciones para ser apropiadas por cada persona.
Lo que define entonces la individualidad y al mismo tiempo la identidad es que cada persona elige para sí diferentes polos y los integra en sí, para definir una forma de ser y actuar. Y es aquí que volvemos a la pregunta de inicio a la que debemos responder, de manera clara, no.
La Constitución, pero sobre todo los Derechos Humanos, se han encargado de señalar a cada docente que deben ser respetuosos con la identidad de cada adolescente, lo que implica que no se le puede cuestionar, aludir, indicar o hacer referencia a nada que tenga que ver con su persona, pero de manera específica a la imagen que proyecta o intenta proyectar. Uno dice Derechos Humanos, puede hacer sugerencias a un estudiante sobre uso de uniforme y prácticamente no decir nada sobre su imagen o actitud, porque es anticonstitucional; de esta manera, un infante o un adolescente, cuya madurez, autorregulación y capacidad de toma de decisiones están neurofisiológicamente inacabadas y en consolidación, pueden ignorar, si así lo consideran, las reglas escolares o la identidad institucional en la que el uniforme es un distintivo, si se autoperciben como rebeldes y esto forma parte de su identidad. Irónicamente, la neurofisiología diría que el respetar reglas es algo que ayuda y fortalece el proceso de mielinización del cerebro de las y los estudiantes, que se traduce, otra vez precisamente, en mejores procesos madurativos a nivel cognitivo, con aprendizajes y sinapsis más sólidas. Pero las reglas son sólo una sugerencia.
La experiencia docente, así como los conocimientos ofrecidos por psicólogos y pedagogos, podrán advertir, señalar, que algunos comportamientos o rasgos identitarios pueden generar, con el tiempo, comportamientos sociales inadecuados.
Debo terminar con una reflexión: si cada docente debe ser respetuoso de la identidad de un o una estudiante, significa que cada identidad es válida y aceptable al interior de la escuela sin importar si muestra elementos que no favorecen la convivencia armónica, el aprendizaje o la integración social, por lo que tratar de incidir en su construcción o tener algún tipo de responsabilidad en ello puede llegar a ser totalmente nulo. Obviamente, algunos docentes podrán ser polo de identificación, pero no todos, al mismo tiempo que pocos estudiantes retomarán elementos o rasgos identitarios de sus docentes. A mayor edad, la identidad se vuelve volitiva y relativamente consciente, pero en menores de edad suele ser algo transitorio. Respetemos entonces a cada estudiante, porque si no, los Derechos Humanos los respaldan. Ahí sí hay una responsabilidad.
*Doctor en Educación. Profesor de la Facultad de Estudios Superiores Iztacala. antonio.gonzalez@ired.unam.mx