Hacia una escuela que no amplía la mirada
Marco Antonio González Villa*
En tiempos en los que el conocimiento no es exclusivo de las escuelas y se encuentra, permanentemente, al alcance de las personas, tenemos estos días de pausa para preguntarnos: ¿cuál es el fin o el sentido de la escuela?
Porque por siglos no hubo duda alguna: la escuela, cada docente, compartía sus conocimientos y experiencias a personas de generaciones posteriores a la suya, pero no viéndolos simplemente como recipientes, como tabulas rasas, decían, no, porque siempre hubo dos aspectos que, propios del quehacer docente, daban estructura y configuraban la forma de entender, procesar, manejar y comprender los saberes: hablamos del acomodo y de la apropiación plena del conocimiento, de forma personal, pero influenciada por los demás; vemos aquí una dialéctica interesante entre la llamada escuela tradicional y el constructivismo, que, se entienda o no, siempre ha sido parte de la docencia.
Cada docente guía, muestra formas de acceder al conocimiento, pero también lleva a cada estudiante a desarrollar una postura propia ante el saber, no con un camino o de una forma única, sino propia, en la que los otros, con su propio desarrollo y perspectiva ante los diferentes conocimientos, nos hacen ver y saber que hay muchas formas de aprenderlos y de manejarlos: la escuela tiene como función entonces ampliar la mirada, compartida con los demás en las interacciones, en la escucha y en la mirada. Sin embargo, para lograrlo se precisa de una condición necesaria: la voluntad de abrirse al otro, de intentar entender su perspectiva. Así se amplía la mirada.
Pero en tiempos en los que se establece que el docente sólo acompaña, en tiempos en los que muchos ven en internet un saber sin interacción, pero bonito, que no amplía sino que da una sola vía y en donde no hay voluntad de aprender en muchos estudiantes, ¿cuál es el sentido de la escuela? Se ha discutido y dicho mucho sobre educar, porque madres y padres ya no lo hacen; otros señalan que cuidar, porque alguien debe vigilar a menores cuando sus padres y madres trabajan o no quieren pasar tiempo con ellos; algunos más dirán que tiene una función socializante y culturizante, pero esto no es propio ni exclusivo de la escuela, se puede lograr sin ella o, en el peor sentido, hacer lo que una autoridad política o administrativa sin conocimiento pedagógico pida.
Aceptando que el conocimiento no es exclusivo de la escuela, como señalé previamente, abrirse a la forma en la que los demás, docente y pares, han hecho propio el conocimiento a través de su manejo semántico y lingüístico, la forma en que lo entienden y lo comparten, es como podemos ampliar nuestras miradas, nuestras perspectivas y nuestros enfoques ante una realidad compartida: en la escuela, en el salón, la persona con más experiencia vital es definitivamente el o la docente, por lo que su perspectiva y mirada no puede ser desechada o descartada; es importante y significativa, tal como lo entiende Ausubel.
La escuela amplía la mirada de estudiantes, docentes, directivos, autoridades, padres y madres de familia, la comunidad en general, y se logra a partir de la interacción y de compartir conocimientos… sólo se requiere voluntad y apertura de cada uno. Fácil, ¿no?
*Doctor en Educación. Profesor de la Facultad de Estudios Superiores Iztacala. antonio.gonzalez@ired.unam.mx