Fuego

 en Jorge Valencia Munguía

Jorge Valencia*

Desobediente de su padre Zeus, Prometeo obsequió el fuego a los hombres. Con ese acto de rebeldía inició nuestra civilización. Fuimos capaces de cocinar, protegernos del frío y de los depredadores, fabricar utensilios… El dominio del fuego da inicio formal a la cultura de nuestra especie.
El fuego purifica y destruye, germina y refunda. La quema intencionada de los pastos permite su aprovechamiento agrícola. Su control absoluto resulta imposible. Los incendios forestales consumen muchas hectáreas de la vegetación sin que los guardabosques ni los bomberos puedan evitarlo. A veces es producto de ambiciones perversas. A veces sólo es resultado de la mala suerte.
En la tradición judeocristiana, el fuego está asociado al mal. En el infierno, las almas expían sus culpas bajo candela. Como las cadenas para Prometeo, el fuego eterno es el único castigo que compensa los actos de crueldad. Perspicaz intérprete de Dios, la Inquisición combatió la herejía con la didáctica de cuerpos chamuscados.
La cremación de los cadáveres ha cobrado una preferencia social que sustituye la macabra costumbre de los cementerios. En esos casos, el fuego se considera una muestra de piedad. Ningún muerto ha manifestado inconformidad alguna.
Los cirqueros gustan de los aros encendidos por donde hacen cruzar a las bestias. Se trata de un acto contra natura que el sentido común tiende a rechazar. Los tigres de bengala pueden celebrar una de sus últimas batallas, antes de la extinción por mano del hombre. Los padres de familia pueden tranquilizar su conciencia con la prohibición de esos actos salvajes y la concesión a sus hijos de dispositivos digitales donde pueden conservar su supuesta inocencia con la rebobinación a voluntad de escenas tanto o más atroces.
El fuego doméstico se somete a la estufa. El gas y las chispas son una premisa culinaria que todos agradecemos. Por otro lado, las chimeneas son una necedad en un país con temperatura promedio de veinte grados centígrados. Más un ornamento donde el fuego es una remembranza y su ostentación un capricho de su sometimiento imperial.
Las armas de fuego se valen de la pólvora para lanzar metralla, mientras que los llamados fuegos artificiales diseñan, a base de estallidos controlados, formas gráficas con el único objetivo del encanto visual. El fuego se somete a voluntad humana; en el primer ejemplo, para herir; en el segundo, para deleitar.
Jugar con fuego es un ejercicio lúdico con significativas consecuencias: amansar la ferocidad o sufrir quemaduras irreversibles. Los monjes “bonzo” dan testimonio de que una convicción no admiten concesiones. Tampoco aprendices. El fuego transforma la materia y los ideales en un aroma.

*Director académico del Colegio SuBiré. jvalenci@subire.mx

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