Formar (con) las emociones

 en Miguel Bazdresch Parada

Miguel Bazdresch Parada*

Con frecuencia hablamos de educación con un sentido muy amplio del término. Una madre puede quejarse de una travesura de su hijo o hija con la manida frase: ¡Muchacho, mal educado… ya verás! Un jefe de un empleado lo puede evaluar con una expresión semejante a: “Se le perdona pues no terminó la escuela”. Un examinador puede manifestar su apreciación sobre un escrito del examinado con una expresión parecida a: “Se nota su falta de entendimiento del autor “tal”. ¿Quién habrá sido su maestro de…?” Igual se puede usar la “educación” para expresarse de manera positiva de muchachos, empleados y estudiantes. La educación sirve, pareciera, para todo.
Si ponemos atención durante los últimos años han proliferado “educaciones” para muchos campos y situaciones, más allá del conocimiento propio de la escuela y la familia. Por ejemplo: Educación ciudadana, educación para la paz, …para la mediación, …para la participación, …en derechos humanos, …en manejo de conflictos… a lo largo de la vida, y aquellas que el lector pueda recordar y sumar a la lista. Tal abundancia hace pensar en una población muy educada y preparada, además, de la educación escolar hay complementos educativos para todo. La escolaridad promedio de los mexicanos en las mediciones de las oficinas de estadística se estima en un poco más de nueve años, lo cual no es poco en un país con las condiciones socioeconómicas de México.
Sin embargo, tenemos un problema serio, oculto en la multiplicidad de educaciones. Se trata de la formación, adquisición de las personas más allá de la pluralidad de sentidos dados al término “educación”. Formación es esculpir la forma humana de cada persona. Si somos humanos hemos de adquirir la forma humana de ser. Esa que nos distingue de todo lo demás existente en este mundo. No es saber, no es conocimiento, no es ingenio, no es brillantez, no. Es todo eso y más, contenido en el término humanidad. Forma humana cincelada con la cultura, esa en la cual vivimos en la compañía de otros, familiares, amigos, conocidos y todos los demás. Con la vida social derivada y construida por esa cultura y todas las expresiones institucionales, organizadas o espontáneas, y con nuestro personal potencial, intereses, gustos, pasiones y emociones.
Este último factor, la vida socioemocional aparece hoy muy importante para la educación y, por desgracia, no mucho para la formación. Nos educamos y dejamos pendiente aprender los modos como las emociones nos ayudan a construir y modelar esa forma humana. Y si algo es relevante para las personas son los modos humanos de vivir con las emociones, negadas por siglos por la fe en los racionalismos defensores de la inteligencia y detractores del sentimentalismo. Negación lamentable, pues los humanos somos inteligencia sentiente. Entendemos al sentir, al consentir, al resentir. Aprendemos cuando sentimos y nos emocionamos al dominar las ideas, los métodos, los aportes de la ciencia; al comprender el sentido de los modos, dichos y maneras de un profesor, de un papá, de una mamá, de un compañero, de una amiga, de un texto, de una imagen.
Formar exige emocionarnos juntos estudiantes, profesores y escuela.

*Doctor en Filosofía de la educación. Profesor emérito del Instituto Superior de Estudios Superiores de Occidente (ITESO). mbazdres@iteso.mx

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