Filosofía para qué en la Investigación Educativa
Luis Christian Velázquez Magallanes*
El hombre contemporáneo ha desarrollado una tendencia a la deconstrucción de las supuestas verdades universales, aunque no sabemos si el adjetivo “universal” corresponde a las predicaciones de los entes de conocimiento. Aunque, la verdad sea dicha, el establecimiento de ciertos juicios como universales ha provocado cierta seguridad en el homínido pensante -otra idea cuestionada por las neurociencias actuales también- ahora se dice y se busca demostrar que, cada especie tiene sus propios procesos cognitivos.
La tendencia, por más moderna y auténtica que parezca, tiene un antecedente inmediato en los pensadores del siglo XIX. Los filósofos después de la grandilocuente síntesis hegeliana buscaron, por todos los medios cognitivos, rebelarse y afianzar la libertad y, hasta cierto punto, un relativismo como el axioma para escapar del sistema total de Hegel. Ya lo expresaba el poeta a su manera:
“Para la libertad, sangro, lucho y pervivo”
Hasta cierto punto, se podría decir, si hacemos una antropología de las ideas que han dado sentido y seguridad a la especie, que los relativismos ontológicos —cada quien vea a la realidad como quiera y pueda, en su explicación más burda— surgieron como una respuesta necesaria y crítica ante los absolutismos.
El asunto es que tenemos una tendencia natural a comprender todo aquello que forma parte de nuestro mundo y, a toda costa, se pretende que las predicaciones sobre lo fenoménico posean una alta capacidad predictiva y explicativa. La ciencia y sus afirmaciones deben hablar de cómo son los hechos para comprenderlos, anticiparlos y reconocer todo aquello que pueden provocar en la realidad del hombre. En eso se basa nuestra seguridad y estabilidad en un mundo que no es ajeno.
Los movimientos intelectuales necesitan de un periodo de amplia exploración —se desborda la razón— y continúan con una fase de sistematización —se ordena el caos—. Los sistemas de Platón y Aristóteles, por ejemplo, se ordenaron y construyeron a partir de las reflexiones de los presocráticos, los sofistas y los postulados de Sócrates, así como también la síntesis kantiana ordena la reflexión antagónica entre los empiristas ingleses y los racionalistas del continente europeo.
En la actualidad, la reflexión sobre el conocimiento surge de los postulados de la Sociología de la Ciencia, donde se pretende explicar cómo se da la construcción social del conocimiento; la postura es contraria a la imagen purista de la ciencia, no hay un laboratorio lleno de máquinas ultramodernas, reactivos y frascos experimentales porque se comprende que las condiciones sociales que rodean al investigador terminan determinando las intenciones y proyecciones de su quehacer. Foucault y Feyerabend, desde ángulos contrarios y disímiles, dirán que la ciencia también es un discurso que sirva para perpetuar las estructuras de dominio y de poder.
En el ámbito de la investigación educativa, la discusión pareciera que se encuentra anclada sobre un racionalismo epistemológico porque en ningún momento se ha puesto en entredicho la capacidad que los alumnos tienen para aprender; se asume como parte de la res extensa al alumno cartesiano. El problema es que la reflexión asume una serie de postulados o dichos que en la discusión ontológica, epistemológica y en la misma filosofía del lenguaje ya se han transitado y, lejos de representar la apertura de nuevas vetas reflexivas, parecen tropiezos severos.
Basta con revisar cómo se define o se da por sentado el estatuto ontológico de los entes que participan en el proceso de enseñanza-aprendizaje, las formas en que se define el proceso cognitivo a partir de niveles, ritmos y taxonomías de aprendizaje o el descuido en la construcción de un sistema en donde se encuadren y adquieran un sentido los conceptos y expresiones técnicas para hablar de los fenómenos educativos.
Parece, luego entonces, en este momento donde el caos y el relativismo parecen apropiarse de todo, que el retorno a las reflexiones filosóficas fundamentales resulta crucial, y más para la construcción de argumentos y líneas que ayuden a encontrar las vetas necesarias para mejorar los procesos educativos y, sobre todo, en este momento en donde todo se quiere hacer usando la inteligencia artificial.
*Licenciado en Filosofía. Profesor en la Escuela Secundaria General 59 “Francisco Márquez” de la SEJ. chris-brick@hotmail.com
Yo creo que el hombre moderno se cree “libre” a su comodidad, que más bien viene siendo una forma cómoda de evadir responsabilidades.
Me gusto la profundidad filosófica y la crítica al “hombre contemporáneo” deconstruyendo verdades universales.
Pinar en la educación, cuestionando el “alumno cartesiano” ¿Cuántas veces damos por sentado el “cómo aprendemos”?
La llamada a la filosofía en medio del caos-reivindicas volver a lo fundamental. Necesitamos eso, pausar y pensar.
Es un texto crítico, honesto y necesario. Señalas grietas en la educación (y en el pensamiento) que duelen, pero invitas a reconstruir. Me pregunto: ¿hacia dónde ir? ¿Un “nuevo sistema” que integre complejidad, cuidado humano e IA?
Ahora si creo que este es de mis favoritos . Aunque pones cada vez más difícil la elección mi estimado amigo .