Espionaje
Jorge Valencia*
El espionaje adquirió prestigio en las películas de James Bond. Extraído de las novelas de aventuras de Ian Fleming, el personaje resultó canon del engaño y el tráfico de secretos, tanto como su virtud para enamorar mujeres misteriosas y consumir martini “mezclado, no agitado”.
Posición clave para el triunfo de la guerra, el espionaje ha sido una profesión estratégica y hasta cierto punto (cinematográfico) glamorosa. Gracias a un intrincado sistema de espionaje, los aliados tuvieron un desembarco exitoso el “Día D”: significó el principio del fin de la Segunda Guerra Mundial.
La bailarina exótica Mata-Hari combinó su profesión venérea con el espionaje a favor de Alemania durante la Primera Guerra Mundial. Sus actos legendarios concluyeron con su ejecución por alta traición a cargo de los franceses.
La versión ligera del espionaje se resume en el soplón de calle que las películas hollywoodenses de bajo presupuesto han difundido de forma reiterativa. El infiltrado del hampa es el espía sin guerra ni prestigio que, la mayoría de las veces, adquiere un desenlace fatal.
Como en un espejo, para todo espionaje existe un contraespionaje compensatorio: el infiltrado doble que discurre información para los dos bandos enemigos. Hace falta ahondar en la figura de este actor bélico que filtra información en dos vías. A La Malinche se le ha querido valorar así: una figura que difundió secretos culturales que desembocaron en la caída del imperio azteca.
Los santos son espías de Dios. Se infiltran entre los mortales para difundir el evangelio. O el Corán o “la palabra de Dios”, para quienes profesan otra fe.
El chisme es una forma de espionaje. Se difunden comentarios hermenéuticos de lo que un tercero dijo o hizo o creyó. Siempre bajo la interpretación parcial, casi siempre inconsciente.
Los ambientes más propicios son los centros laborales. Suele haber alguien que difunde versiones de los empleados a sus jefes para quedar bien. Para obtener beneficios personales: mejor sueldo, un puesto superior, prebendas varias.
El uso de la tecnología propicia cierta forma de espionaje en manos perversas. En EEUU se prohibieron cámaras digitales de origen chino porque se descubrió que a través de esos aparatos se podía espiar la vida cotidiana de los usuarios. O tal vez se trate de una leyenda urbana.
Lo cierto es que, a través del espionaje, digital o analógico, legal o ilegal, la vida privada se ha convertido en pública. Los actos que se cometen en secreto son susceptibles de publicarse. Con buenas y con malas intenciones.
La vida privada de Oscar Wilde es más atractiva (por morbosidad o por la explicación psicoanalítica de su obra) que sus propias historias. La técnica narrativa y el valor estético se supeditan a los hechos vividos por la persona. Hoy la “cancelación” de los artistas obedece a criterios morales, no estéticos.
El espionaje ha construido casas de cristal donde los habitantes, gente común y corriente, sin más atractivo que la simpleza, exhiben sus costumbres cotidianas para la diversión, la curiosidad o la autocrítica (en el mejor de los casos) de los espectadores sin otro quehacer que el voyerismo.
*Director académico del Colegio SuBiré. jvalencia@subire.mx