Envejecer

 en Jorge Valencia Munguía

Jorge Valencia*

Envejecer es una consecuencia irónica de la vida: se vive para morir. La piel se descascara por el roce del tiempo cometido: aparecen sombras sobre la frente, arrugas que son las cicatrices de los aprendizajes. Brotan enfermedades raras y enojos espontáneos. Ausencias irrecuperables y presencias imprevistas.
Hacerse viejo supone acumular experiencias que nadie aprecia. Significa un día saber el porqué de las cosas. Entender las conversaciones. Predecir el desarrollo de una novela y el desenlace de una existencia.
La edad se asimila por culpa de los otros. Sólo se es viejo cuando alguien más nos lo demuestra. Entonces hacemos cuentas. Las cuentas se agrupan en décadas. En gente que ya no está con nosotros y en esperanzas que ya no se conservan.
Los años nos vuelven menos entusiastas. Nos van quitando las razones para el asombro. Nos parece natural que gane la izquierda y que la ciencia ficción alcance nuestra rutina.
Aprendemos a tolerar la ignorancia. A desinteresarnos por polémicas inútiles. Escuchamos estupideces que nos parecen jocosas y chistes a los que no les hallamos la gracia.
Las cosas parecen ocurrir más rápido. Las semanas se nos van como el agua. Otra vez llega enero. Otro sobrino entra a la Secundaria. David Bowie se muere y el Atlas no gana.
Hacerse viejo significa ver menos; necesitar más aumento para acercarse al mundo. Descubrir nuevas canas y menos afectos con que aferrarse a los afectos antiguos.
Alguien es viejo cuando relee los mismos libros y escucha las mismas canciones de rock. Cuando sabe en qué equipos jugó Cabinho y recuerda el autogol de Miguel Marín. Se es viejo cuando nadie con quien se relacione sepa quién es David Bowie o Cabinho ni qué importancia tiene saber eso.
Cuando los calcetines combinan con sus zapatos y se prefiere el silencio para escribir. Cuando se cita a los poetas contemporáneos y no se puede dormir sin tomar café. Cuando la compañía sólo se prefiere en ciertos momentos. Y esos momentos se dilatan cada vez más.
Cuando se platica largamente con el perro y el espejo muestra a alguien que se parece al abuelo.
La vejez es un puerto al que se llega sin ganas, resignadamente. Donde no hay quien dé la bienvenida ni pregunte por el viaje. El pasajero se baja con maletas exhaustivas; voltea a un lado y al otro y se va en dirección incierta sin volver atrás. Es al fin una bitácora concluida a destiempo. Un olvido entrecortado. El principio de un adiós, siempre anticipado.

*Director académico del Colegio SuBiré. jvalenci@subire.mx

  • Sehyla Rivas
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    Excelente!

  • Nicandro Tavares Córdova.
    Responder

    Excelente artículo mi muy estimado académico Jorge Alberto Valencia.Felicidades.

  • Fabián DLX
    Responder

    Loved it and sad at the same time ..
    Un abrazo, George!

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