Envejecer
Jorge Valencia*
Nos damos cuenta de que nos volvimos viejos cuando nuestras piernas ya no pueden caminar las mismas cuadras. Cuando nuestros ojos ya no distinguen los matices del gris. Nuestro cuerpo deja de ser nuestro cuerpo. En el espejo descubrimos al que fue nuestro padre. O nuestro abuelo. O alguien que no tuvimos el gusto.
Envejecer es un acto continuado. Resume el pasado y el futuro en un presente permanente e inasible. Al pensarlo, se convierte en recuerdo. Al desearlo, en un hecho futuro que ocurrirá sin pretenderlo.
La vejez es una idea que contiene arrugas y frío. Dolencias crónicas y soledad. En realidad, la vejez es una infancia introductoria de la muerte. Es lo natural.
La sensación de la vejez se presenta a través de la otra sensación de lo inmutable. Una pared de piedra, una estatua de mármol, una costumbre repetida…
Se es viejo cuando se cobra conciencia. Antes no. La epifanía se sobreviene al cargar una caja y sentirla en la espalda baja. Al subir las escaleras de siempre, ahora con las rodillas adoloridas. Cuando lo mismo de siempre se anuncia con una quejumbre nueva y una desilusión reiterativa.
La vejez se lleva en la médula de los huesos. Cuando deja de entusiasmar el amanecer y se prefieren las tardes tibias. El café a solas. La poesía de Eliseo Diego y las películas de Woody Allen. Uno se descubre viejo cuando prefiere quedarse en casa: evitar la muchedumbre, las largas distancias.
Cuando la mayoría de los seres queridos ya se murieron y sobreabundan pertenencias nuestras que antes fueron de ellos. Cuando nos descubrimos hablando con ellos que ya no están.
La vejez es una consecuencia que portamos desde el nacimiento. La llevamos en los hombros sin saberlo ni sentirla. Ahí. Como una semilla que se abona con días, con tiempo.
Y un día la descubrimos en el espejo. Se presenta repentina. Extrañamente familiar. Como un amigo reconocible. Como un familiar que viene de otro planeta.
Poco a poco nos acostumbramos a habitar otro cuerpo (un cuerpo nuevo que sustituye al nuestro). Como mariposas después de la metamorfosis. Con alas recientes y recuerdos de otro cuerpo.
Cuando sentimos lástima –ya no más ira– ante una opinión reaccionaria. Y nos conmueve el nido de golondrinas en una rama de enfrente.
Envejecer es descubrirse al fin solo, sostenido por una legión de antepasados. Con el esqueleto frágil y un espíritu (o una flama en el corazón o algo) más libre y fortalecido.
*Director académico del Colegio SuBiré. jvalencia@subire.mx