Elogio del café

 In Jorge Valencia Munguía

Jorge Valencia*

Nada sabe mejor que el café en ayunas. Sólo lo supera, acaso, el propio café sabrosamente conversado en cualquier otra hora del día.
Existen distintas maneras de consumirlo, válidas y disfrutables. Por su amargura, nos recuerda que la vida es ardua. Feliz en compañía; peligrosa en soledad.
El café instantáneo es una versión desprestigiada del café. Éste adquiere su crédito cuando se obtiene del grano, se muele, se decanta y se sirve para beberse caliente.
Dicen que el buen café no necesita azúcar; el malo, no la merece.
Endulzarlo es tanto como querer hacer reír a una tía vieja, sabia, memoriosa y amargada: su afecto consiste en el repudio. El café sabe bien porque no sabe bien.
Existen locales que basan su mercadotecnia en la venta de bebidas que lo contienen, pero no saben a café. Disfrazan su sabor con leche, almendras, mucha azúcar y otras especias exóticas. El verdadero café goza de simplicidad y temperatura. Su aroma permanece impregnado a las encías durante muchas horas, a pesar del agua y del dentífrico. Se pega al recuerdo como una relación íntima.
Es bueno para sobrellevar con dignidad un velorio. Favorece la sinceridad de las condolencias y atenúa el dolor, como un analgésico oportuno.
Se recomienda su consumo después de comer y antes de tomar una decisión importante. Ayuda a la digestión y al albedrío. Despeja la mente y predispone el corazón. Por eso los amantes lo beben y las cartomancianas adivinan el futuro con sus restos. Los adictos pacifican sus demonios. Los ansiosos se calman, los tímidos socializan, los locos se convierten en artistas…
Durante la lectura de un libro, permite la concentración de la trama. Durante la escritura, las ideas apropiadas y las palabras precisas.
El café es una adicción menor. Su dependencia se asocia a los hábitos que auspicia: la intelección y sus habilidades del pensamiento. Es tan bueno y malo como la afición al cine, que daña los ojos y provoca la catarsis. O el ejercicio físico, que hincha los músculos, enaltece la vanidad y, a la larga, tiende al embrutecimiento. El café altera los nervios y ahinca la conciencia de –por– la vida.
Por eso el café se consume sentado. En tazas de cerámica maciza. Sobre una mesa cómoda. Con papel y pluma (o un libro, ya se dijo) o una compañía oportuna (el libro es también una compañía). Hay que ser muy valiente para beberlo a solas. O un ermitaño confeso.
Los vasos desechables de café lo desprestigian. El cartón encerado y el unicel alteran su sabor y exhiben al payaso que no se desprende del disfraz.
El café no se pasea ni se presume. No se bebe de prisa ni frío (moda gastronómica que contradice su naturaleza). Ni excesivamente alegre ni como placebo de una costumbre. Sólo reconcilia la existencia: se trata de un modesto grano que se tuesta y se hierve y se digiere. Y se extraña y se comparte.

*Director académico del Colegio SuBiré. jvalencia@subire.mx

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