El temblor

 In Jorge Valencia Munguía

Jorge Valencia*

“Esto es un asalto chido
Saquen las carteras ya
Bájense los pantalones
Que los vamos a basculear”.

Rockdrigo González murió de una sobredosis de cemento, dice la banda: le cayó un edificio encima. Ocurrió el 19 de septiembre de 1985 en la ciudad que entonces tuvo el horrible nombre de Distrito Federal.
Inmigrante del noreste y parte de la fauna defeña por derecho propio, cantante del metro y traficante del rock de sangre azteca, el “profeta del nopal” tropicalizó la versión “folk” (“rupestre”, le denominó él) que en su dimensión Nobel, Bob Dylan resumió con la oscuridad de los lentes innegociables de sol.
La época de las baladas melosas ya no representaba a una juventud urbanizada a base de la guerra sucia y una política económica sin esperanza. El tamaulipeco Rodrigo González Guzmán demostró que se podía hacer música más allá de Lupita D’Alessio. El llamado rock en español estaba listo para sonar. La tira tuvo que ceder los macanazos por las pintas, los churros, los estoperoles, el tianguis del Chopo. Sin los arrestos a destajo y Siempre en Domingo presentando a Jaime López y Cecilia Toussaint en sus horarios estelares, la auténtica juventud (la del barrio, la universitaria) pudo al fin producir y consumir música propia, en su idioma, con sus experiencias próximas y con acordes de guitarra eléctrica, bajo, batería estridente y clandestinidad extramuros de los “hoyos fonky”.
Botellita de Jerez cantó con más ganas que talento lo que Chava Flores hubiera querido componer con metales, y el Tri comenzaba con un nombre inglés que pronto mexicanizaron sus fans. Las baladas melifluas de Enrique Guzmán y César Costa, que un par de décadas antes habían abierto la puerta sin querer queriendo al rythm & blues, al fin hallaban una evolución idiosincrásica en la que sobraban los suéteres apastelados y sobresalían las greñas, el sudor, las botas negras, el caló.
Pronto vinieron los Caifanes, la Maldita Vecindad, Café Tacuba, entre otros, que le dieron una estética propia a la fusión rockera con la tradición propia. Así, la Negra Tomasa admitió el requinto eléctrico y el lamento vocal de Saúl Hernández.
El temblor de 1985 redimió a un mártir musical. Los dioses aztecas cobraron su sacrificio de obsidiana. La tierra se abrió para recibir a un profeta chichimeca. Como todos los profetas, su inmolación resultó un mensaje de adviento de los tiempos por venir.

“En la estación del metro Balderas
Ahí dejé embarrado mi corazón”

Con el temblor de 1985, nació el mito de Rockdrigo y el rock nacional encontró su propia voz.

*Director académico del Colegio SuBiré. jvalencia@subire.mx

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