El antojito como intercambio

 en Jorge Valencia Munguía

Jorge Valencia*

El desempleo en México es una fuente de oportunidades para el emprendimiento: todos podemos poner un puesto de tacos. En cuestiones de salubridad, no somos quisquillosos; si se ofrece, se come. La gastronomía de la necesidad amplía el espectro de lo sabroso. El ojo, la tripa y el seso admiten una palatabilidad razonable a base de limón y salsa. Con las suficientes cucharadas de chile, hasta el plástico podría comerse. El cuero del cerdo, que en otras partes sirve para fabricar zapatos, nosotros lo consumimos en pico de gallo.
La suculencia se ajusta al presupuesto. Una tostada embarrada de frijoles con queso y un chile toreado no es un platillo sino una cosmovisión. El dominio milenario de la agricultura se resume en un eructo. La agrura nos recuerda nuestro origen étnico; somos un pueblo que almuerza brasas ardientes.
La cultura de la recesión ha justificado manjares en chayotes oportunos, nopales asados, rábanos desflemados… No hacemos desaires cuando se trata de estímulos alimenticios. Aunque preferimos los guisados, elaborados con especias intrincadas, donde el mole ejerce una soberanía indiscutible. La obesidad hace honores a nuestra idiosincrasia. Ningún bocado sabe bien si se deglute directo de la cuchara. Nuestros cánones sólo admiten mediación de una tortilla, una tostada, un totopo suficiente. En el peor de los casos, bolillo.
La tradición culinaria nos ha educado para la vastedad. La sabrosura se consigue a través de un platillo que incluya la más variada gama de colores alimenticios. Un mexicano no se come una pechuga de pollo si no ofrece una degustación caldosa. La grasa natural se sazona con jitomate, cebolla finamente rebanada y chile verde que da presencia al platillo. Lo rico empieza por la mirada. El antojo es una condición nacional. El éxito de los puestos callejeros está en el olfato como premisa, luego la vista que definirá la intensidad del hambre.
Todo mexicano ejecuta una propuesta cisoria. Y toda propuesta admite clientela. Nuestra genética es convidatoria. Y nadie hace el feo cuando se trata de guzguear.
La solución para el desempleo está en el trueque de antojitos. No en balde nuestro gentilicio regional: “tapatiotl”, promesa de agasajo, valor nutrimental.
Las papilas gustativas de los mexicanos son lindes para interpretar el cosmos. Nos encontramos en la etapa oral: el mundo a través de sus sabores. Si sabe rico, es bueno. Y si es bueno, debe repetirse ad infinitum. Las estadísticas de la diabetes infantil son el símbolo de nuestros excesos nacionalistas. Salivamos para predecir el futuro. Barriga llena, corazón contento.

*Director académico del Colegio SuBiré. jvalenci@subire.mx

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