El alma de nuestra juventud

 In Rubén Zatarain

Rubén Zatarain Mendoza*

Cada gesta deportiva internacional en la que participamos como país nos deja lecciones de realidad que nuestro temperamento e identidad desliza en ilusiones frustradas, enojo y en sensaciones de desacomodo por la fatalidad de la contingencia.
Perder un partido por diferencia de un gol no es fatalidad; leamos el hecho con objetividad.
Los rezos y oraciones, las cábalas, los círculos de energía y gritos al unísono en salas familiares, estadios, restaurantes, bares y espacios públicos no han sido escuchados.
El domingo salimos del torneo como enseguida salieron las otras sedes: Canadá y Estados Unidos. El T-MEC del desempeño futbolístico tiene amplia área de mejora.
Una vez más, el análisis objetivo del desempeño, contado con observables transversales y longitudinales, expresa expectativas infundadas. Analizado uno a uno el equipo, a propios y jugadores nacionalizados, la lectura es la medianía deportiva.
Campeones en ilusión y fantasía, perdedores en realización. A ponernos a trabajar en prospectiva.
Un entrenador objeto de análisis y comentarios sin salida que se enfrían como los cadáveres a las 72 horas. ¿Qué dejó deslizar la última media hora del juego en una estrategia incomprensible e inoperante?
La dilapidación del tiempo efectivo como constitutivo de nuestro ser nacional. Un liderazgo emocional que a gritos no pudo impulsar sus huestes a la concreción de un tanto. El inalcanzable empate a tres goles que no sucedió y las interminables historietas de tolerancia a la frustración y resiliencia sempiterna de los habitantes del “y si sí” o el “ya merito”.
La rendición de cuentas del Vasco Aguirre maniatada por la renuncia y la herencia del proyecto a Rafa Márquez, la visión de esperanza futura, el largo camino al Mundial de 2030, la náusea intermedia del partido ante Inglaterra el domingo 5 de julio de 2026 y la energía de pólvora gastada en un cohete estridente.
Al menos la fiesta del fanático ha sido un mercado exitoso de la ilusión; al menos se escucharon cantos, se comieron viandas y botanas en vastedad y se bebieron en exceso las bebidas para la ocasión; las casas de apuestas con su propio mercado también hicieron cuentas alegres. Se escuchó música, se corearon grandezas imaginarias sociológicamente, las hordas humanas en las que nos convertimos con el alcohol y la dopamina socioemocional en las calles y en los centros de concentración, además de saldo rojo y suspensiones en las instituciones educativas, dejan materia iconográfica y textual para revisar.
El fútbol mexicano nos enorgullece y avergüenza; esa es nuestra bipolaridad afectiva por transformar con más vida sana y más práctica deportiva y disciplina.
Al menos el frágil poder adquisitivo del mexicano promedio se olvidó en la coyuntura y nos sentimos como el famoso verso de la canción El rey de José Alfredo Jiménez; al menos el mariachi aún no ha callado del todo.
El problema de fondo es que no hay deporte en el alma de nuestra juventud, hay pasión coyuntural y valentía contagiada externamente, pero no habrá resultados sino se atienden los procesos con constancia e inteligencia; dejemos a los fenicios y corifeos del bárbaro fútbol reinar en el país de la estulticia colectiva; en el microespacio de escuelas y tiempo familiar, practiquemos deporte como formato de todos los días.
No hay deporte en el alma y por eso la vana ilusión de que otros hagan lo que por disciplina y orden personal debiera suceder en cada biografía.
Desde los barrios marginales de la clase trabajadora que sobrevive, desde los hogares clase medieros que forman su prole en las escuelas de fútbol, los niños y adolescentes intentan practicar y hacer condición física. Poca tasa de retorno hay por la selectividad y las formas particulares de gestión privada del deporte, por la escasa capacidad gubernamental de apoyar los talentos emergentes, por la cultura social de dejadez e intermitencia que es el verdadero desafío.
El fútbol no es el mejor deporte en cuanto a exigencia física se refiere. Tampoco lo es en materia de lecciones de valores universales como la honestidad, lo es limitadamente en materia de trabajo colaborativo y cooperativo; en esta materia, la individualidad y el talento personal justamente es el definitorio.
Ahí las biografías de exfutbolistas, en el museo de la obesidad y los excesos como contraejemplos del paradigma neoliberal del más capaz, aunque su reinado sea fugaz.
El juego en los contextos educativos familiares o escolares tiene una carga simbólica y de socialización extraordinaria, ahí la veta a no perder de vista.
Los seres humanos amamos el juego y dentro de él amamos la convivencia y los retos que implica. La socialización necesaria para formar actitudes de comunicación y cooperación surge de la interacción con otros en ambientes lúdicos. Los hombres más versados en ciencias u otras profesiones, o en actividades económicas empresariales o laborales, recuerdan festiva y con gratitud las oportunidades de juego y los amigos, aquellos con quienes se compartieron los distintos tramos de la infancia y juventud.
El aprendizaje de reglas, la formación del carácter, el temperamento y hasta habilidades no aplaudidas como someter a prueba los egos y saltar las restricciones de padres y profesores para hacerse la pinta y jugar, son atribuibles a ese espíritu lúdico configurado en los campos y los patios de juego.
Lo que no es natural es la construcción de la competencia como sentido de lo deportivo. No es natural que la comercialización y las variables económicas que lo circundan generen una nueva forma de evasión social y de dominación de los desfavorecidos y de introyección de falsas expectativas.
La hiperrealidad y el subjetivismo extremo en el mundo de los comentaristas del deporte, vividores y legitimadores de la ceguera colectiva pegada a las sombras de las pantallas o en la lejanía de una butaca cara en los estadios.
Los dispositivos electrónicos y tecnológicos auxiliares en las tareas de arbitraje que revisan y otorgan penaltis, que diseccionan patadas, aventones y ofensas en susurro para justificar expulsiones, están lejos de garantizar objetividad y justicia.
En la pelota que rueda, entre los jugadores y estructuras burocráticas de cada país hay intereses económicos y, más o menos velada o explícitamente, intereses políticos. Si lo que importa entonces es captar y contratar a los mejores, ¿quién ha de invertir en el largo proceso de formarlos?
A la máquina devoradora de la industria del espectáculo del fútbol a la escala de un Mundial le interesa poco ser promotora de valores y formadora de la niñez y la adolescencia, así no funcionan las cosas.
A las masas populares atrapadas en el absurdo racional y de parafernalia que hacen del fútbol un enervante artificial, les vendría bien un paso lateral y poquito pensamiento crítico para tomar distancia del Leviatán que ha alejado al fútbol del orgullo deportivo, dígase la FIFA y las asociaciones nacionales de millonarios que concurren para vender las patadas como mercancía.

*Doctor en Educación. Profesor normalista de educación básica. zatarainr@hotmail.com

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