Educación y futbol
Jorge Valencia*
Muchas virtudes humanas pueden infundirse a través del futbol. Tal pareciera la premisa del gobierno de Jalisco, instancia que advierte el término de clases a finales de junio y no a mediados de julio, como indica el calendario oficial federal.
Además del ausentismo por la pasión que despierta, es inútil esperar que los días que juega nuestra selección sean días normales. Las clases se cambian por las porras; la curiosidad intelectual, por un chovinismo ramplón que comienza con el Himno Nacional y termina con una –otra– derrota inmerecida.
La pedagogía del futbol puede enseñarnos a perder con la dignidad intacta, en la misma proporción de una identidad cultural acostumbrada a sufrir con festejos. No es extraño que en los estadios los mexicanos cantemos, como santo y seña, Cielito Lindo: “Ay, ay, ay, ay, canta y no llores. Porque cantando se alegran, Cielito lindo, los corazones”. Cuando estamos más tristes (porque nuestra selección pierde o porque se murió nuestra madre), cantamos. Si lloramos, cantamos. Si nos abandona nuestro cónyuge o nos atropella un tren, cantamos. Nuestro abatimiento merece melodía. Los mejores versos de nuestra poesía son melancólicos: la “suave Patria” (López Velarde dixit) se apachurra; su ablandamiento es esencial. Doscientos años no nos han amalgamado. No somos de acero, sino de cera.
El nuestro es un país construido para los fines de semana y los días feriados. Para los días de guardar sobre la hamaca. Nuestra identidad también ocurre en bola. Echamos balazos al aire y tomamos mezcal con gusano. Decimos “salud” como un mantra. Compartimos el trago. Cantamos a coro. Perdemos con solidaridad. Todos padecemos el lunes, el día después de vacaciones.
A través del futbol desarrollamos habilidades “blandas”: resignación y resiliencia después de fallar un pénalti. Trabajo colaborativo para insultar a coro al portero (a veces al propio). Comunicación efectiva contra los fanáticos del equipo rival. Gestión del tiempo para reclamarle al árbitro si no compensa cuando nuestro equipo pierde o si lo hace cuando gana.
También desarrollamos conciencia trascendental: fe para ganar un partido sin delanteros. Esperanza para llegar a semifinales sin argumentos sólidos.
Nuestro gobierno reconoce la importancia de suspender las clases para participar de una experiencia que define las características contemporáneas de nuestra civilización.
Frente a la pantalla de un partido de futbol, podremos actualizar otra vez nuestras carencias.
*Director académico del Colegio SuBiré. jvalencia@subire.mx