Educación: ¿un mundo perdido?
Miguel Bazdresch Parada*
Pensar en educación es, con mucha frecuencia, en los resultados conseguidos por quien pasa por los procesos educativos, en principio los 9 años de la educación básica, supuestos otros dos años previos de educación preescolar. Esos años no se piensan con base en los programas o las rutinas de las escuelas, sino, sobre todo, por los resultados en los gestos de madurez utilizados por quienes han vivido esos años.
Importa menos saber las materias cursadas en los años de escuela y más los resultados. Por ejemplo, se espera capacidad para escribir una carta a sus amigos o a sus parientes; o el resumen de una novela o de un libro de historia. También se espera que pueda entender el sistema de gobierno del país, los tres niveles o capas del gobierno, las principales leyes y, en especial, las partes principales de la Constitución de los Estados Unidos Mexicanos.
Asimismo, comprender una contabilidad básica con la cual distinguir una pérdida de una ganancia, de un porcentaje de rendimiento sobre un préstamo bancario. Igual que las bases de la comunicación escrita, distinguir la función y funcionamiento de los verbos, de los adjetivos, de los sustantivos, pronombres, prefijos y sufijos. Todo para hablar con propiedad cuando quiera expresar su opinión sobre algún aspecto de la vida diaria, o de la política o, para decirlo con simpleza, de las noticias ofrecidas en la televisión mexicana o extranjera. Y sí, sea capaz de saber lo básico del idioma inglés a fin de mantener con sus parientes habitantes del lado norte del río Bravo una conversación básica, sea de orientación o de información mínima para saber quién habla con quién y sobre cuáles temas importantes o al menos cotidianos.
En ocasiones, las personas, sobre todo padres, madres de familia, en algunos temas no bien dominados por los escolares, pues, a pesar de la Nueva Escuela Mexicana, algunos educadores, educadoras aún no jubilan a la “abejita que va de flor en flor” y, claro, los escolares sufren para explicar cómo llegó a este mundo su hermanito, hermanita más pequeño, pues no recibe la información necesaria… lo cual le lleva al celular, que no faltará, a preguntar y así obtener una explicación más precisa, quizá tampoco bien entendida. No se diga de los adolescentes en secundaria cuando la historia de Benito Juárez y la pléyade de héroes mexicanos no les da material suficiente para comprender por qué el gobierno y sus altos funcionarios están de pleito con los “gringos”. Vamos, ni siquiera sabe por qué se les llama así.
Sin entrar al tema de los celulares, hoy en proceso de ser retirados de las escuelas, es decir, los alumnos, en breve, no podrán llevar celular a la escuela o, en el mejor de los casos, los han de depositar en un lugar en el cual serán cuidados por alguien, y los estudiantes acudirán en su rato de recreo a enterarse de los mensajes recibidos y pueden enviar sus mensajes en respuesta. Al fin del día los recogen y retoman su uso ordinario, entre otras cosas, hacer la tarea junto con sus amigos a través de una “aplicación”. Toda esa situación en espera de los próximos dictados de la autoridad educativa. ¿No podrá aprenderse a usar las características de comunicación y procesamiento de información para las actividades educativas?
Hoy la tarea del profesor y del alumno en el centro escolar es para el profesor dictar la cátedra del día, pedir a algunos estudiantes den cuenta de qué recuerdan de lo dicho y reiterar así la importancia de los conceptos, ideas y propuestas dictadas por el profesor, profesora. Hay diversas maneras de realizar esas prácticas. A veces los alumnos van leyendo párrafos; otras, el profesor pide detenerse y les pregunta su intelección de lo leído y así se reitera, y quizá se aprende, pues retenerlo en la memoria no es aprender. Una nueva versión del aprender se basa en formar pequeños grupos de 4-5 alumnos y señalar a cada grupo una actividad diseñada para responder una pregunta relacionada con la materia por aprender. Los grupos trabajan cada uno su tarea y, pasado un tiempo razonable, en el cual el profesor ha visitado los grupos, escuchado la conversación y valorado el proceso de aprender, y quizá, ofrecer alguna sugerencia para mejorar el resultado de la acción.
Pasado el tiempo, los grupos, por orden aleatoria, presentan sus aprendizajes y dan un tiempo para preguntas o comentarios de los compañeros de los otros grupos. En esta forma, los estudiantes reciben una indicación, discuten, planean cómo resolverla, diseñan el proceso a seguir, inician, continúan o corrigen si no están consiguiendo el objetivo, registran los pasos y discusiones tenidas, acuerdan los aprendizajes obtenidos y diseñan la acción de compartir lo aprendido con los compañeros.
Y lo anterior no es una idea, es una práctica en escuelas; quienes han estudiado el problema del aprendizaje han revisado cómo lo importante es diseñar acciones y procesos cuyas características producen aprendizaje, porque plantean un reto, ofrecen espacio para comprender las características del reto y cuáles productos pueden justificar la calidad de aprendizaje, entendido como algo nuevo en el saber y los significados de los estudiantes. Por ejemplo: “Voy a aprender cuando obtenga información (concepto, dato, guía, prueba, …) que ahora al empezar no tenía, para conseguir un saber antes no conocido”.
Tendrán tiempo para demostrar la utilidad real de lo entresacado de tal celular. Lo usaron y tuvieron que olvidarlo porque no les ayudaba. O lo usaron y les ahorró tiempo. Así, le van dando al aparato su calidad de limitado o valioso para ciertas actividades, y no para todo.
El mundo de la educación y del aprendizaje no está perdido. Un celular no lo va a estorbar. Si le pides lo que no sabe, te ayudará a encontrarlo, si tú diseñas el proceso y lo usas para lo propio de esa máquina. De la clave: la escuela y sus apoyos son para lograr el aprendizaje de las personas interesadas en ese aprendizaje.
*Doctor en Filosofía de la Educación. Profesor emérito del Instituto Superior de Estudios Superiores de Occidente (ITESO). mbazdres@iteso.mx