Educación integral
Miguel Bazdresch Parada*
Educarse es complejo. Requiere diversos ingredientes de distinta naturaleza, a veces todos al mismo tiempo, a veces con intensidad en alguna de las materias básicas. En alguna forma, la integralidad se opone a la precisión de una especialidad. En otras ocasiones, la especialidad es insuficiente para comprender sucesos o retos. En cierto modo, esa dualidad compleja, integralidad más especialidad, es un camino imperativo so pena de no obtener un resultado eficaz. En otros momentos o situaciones, la especialidad urge, pues la complejidad oculta un detalle micro, difícil de captarlo desde la red compleja.
Dos ejemplos pueden ayudar, pues la articulación entre complejidad y especialidad cada día aparece más importante en el pensamiento científico. La tierra, nuestro planeta, “vive” por la rotación alrededor de un eje imaginario de norte a sur, nombres humanos y no naturales, útiles y necesarios. Rotar puede considerarse una especialidad, pues las mediciones realizadas en el curso de los siglos han proporcionado explicaciones de los fenómenos asociados a ese vívido movimiento, tan importante como nunca explicado en su origen: ¿Quién decidió la práctica de dar vueltas para sobrevivir?
La rotación de la Tierra nos condujo a otro descubrimiento: La traslación de la Tierra. No sólo da vueltas sobre su eje, sino también alrededor del Sol, ese imponente bloque de sustancias y de movimientos desde el cual recibimos una enorme variedad de partículas y de una energía, la cual denominamos “calor”, el cual es la causa de la vida en nuestro planeta: vegetales, animales, microbios, seres humanos, vientos, agua y todo en una dosis tal que cada una es capaz de crear y mantener un ritmo vital y de reproducción. Todo esto es posible por la traslación de la Tierra alrededor del Sol.
La complejidad del Sol facilita la especialidad de la Tierra, la cual ha dado lugar a otra complejidad de diversa índole. La llamamos vida humana. Se manifiesta en cada uno de los seres humanos y en un infinito (casi) número de creaciones en las cuales se manifiesta la capacidad de imaginar solución a sus problemas, necesidades o gustos.
La simplicidad de una roca dando vueltas alrededor de una roca incendiada dio lugar a la enorme manifestación de inventiva compleja del ser humano, a partir de su propia unicidad. Tierra y hombre: dualidad ¿aparecida? ¿Creada? ¿Única? ¿Compleja? Dualidad de pensar y crear capacidades para vivir, atender sus problemas y sus gustos en medio de otra complejidad, la cual llamamos “tiempo”. Creemos tenerlo dominado con un reloj, con unas medidas sencillas: segundos, minutos, horas, días, meses, años, … y no sabemos, ni siquiera definir qué es el tiempo.
Y al voltear hacia nosotros, nuestro pensar, creer, hacer, vivir… hemos encontrado una dualidad hasta ahora: acción y sentimiento. Hacemos y nos emocionamos… o nos enojamos. Hacer, capacidad aprendida, la cual se manifiesta en mil obras de todas clases, con todos los materiales de esta tierra, con mil y uno pensares y quereres. Construimos, elaboramos, plasmamos obras… nos gustan, nos son indiferentes, no queremos verlas más. La compramos, la vendemos, la guardamos, la presumimos… materialidad y emoción, cosa y aprecio, suceso y coraje, obras y sentires… todo junto en la complejidad que somos. Y sólo la educación integral nos ayuda a estar, ser, vivir, pensar y sentir toda esa complejidad.
No nos enseña a tener emociones, sino qué hacer con las emociones y cómo nos enseña las matemáticas o la economía; nos enseña a qué y cómo hacer con el coraje de no entender la solución de un logaritmo neperiano, tampoco a comprender los secretos de la Segunda Guerra Mundial. Si nos dice: Estudia para que puedas resolver. Detente, siente tu cerebro-corazón y dale chance de explicarte el coraje de ser manipulados por los intereses privados hasta el grado de hacer la guerra.
La educación integral tiene un horizonte tan grande e importante como la educación de las ciencias o la educación física… y su vehículo no son clases; se educa en emociones a partir de las emociones en las cuales se involucran los estudiantes en su sala de clases con la “materia” surgida en la vida en esa sala. Gustos, enojos, risas, atención al discurso del profesor o del compañero. Las emociones se viven y por eso se aprenden en la vida diaria.
Desde luego existen, y son muy provechosos, cursos para aprender aspectos sistemáticos de los sucesos emocionales. ¿Cómo enfrentar un disgusto? ¿Cómo hacer para no enojarse con el o la profe, cuando el motivo eres tú? También de manera formal, trabajando con los libros y materiales de los grandes estudiosos de las emociones y su presencia en la vida de las personas, desde pequeñas hasta veteranas. Y también, y es el mejor escenario, por las acciones dentro del salón de clase cuando por X razón aparecen las emociones.
Por último, conviene recoger el trabajo de los pedagogos más brillantes en sus propuestas de cómo hacer una educación integral. Por ejemplo, John Dewey con su propuesta de “aprender haciendo”. También María Montessori, quien se propuso darle su lugar a las emociones y situaciones de gusto o disgusto de los estudiantes. Y, desde luego, Pierre Faure con su famoso método Faure para suscitar en los estudiantes el gusto por aprender.
La educación integral no es sencilla, tampoco imposible. Implica incorporar de manera congruente y coherente las emociones, discusiones, enojos, lloros y discusiones que se dan en un salón de clase, y aprovechar la situación para reconocer cómo se puede aprender a vivir y trabajar con las emociones concurrentes, además de las cátedras específicas para esos temas. Nada fácil hasta ahora. Imperativo desde hace muchos años.
*Doctor en Filosofía de la Educación. Profesor emérito del Instituto Superior de Estudios Superiores de Occidente (ITESO). mbazdres@iteso.mx